Cuentos: En la montaña de los filos (M.Chiaverano)

Era de carne, y ascendió a oscuras por la ladera de la montaña de los filos. De sangre se llenaron sus manos. De dolor fue todo él. Sin mirar abajo ni una vez, escaló, y escaló…y en cada peldaño dejó trozos de piel. Primero una mano, después otra; un pie, el otro. Era imperioso llegar cuanto antes. Antes que sucumbiera, antes que le fallasen los músculos apenas estrenados, o que le tirara abajo un picotazo de recuerdo, o una ráfaga de viento, o una roca floja. Era tan frágil que cualquier cosa podía arrebatarle la vida.

-¡Ayudame a llegar! ¡Ayudame a llegar, viejo! -gritó el alpinista. -Ya no aguanto más….

Yo antes…no sentía este dolor tan espantoso…-pensó.

Bramaron nubosidades multivioleta sobre su cabeza. Las gotas le cayeron sobre el cráneo calvo y lo despertaron un poco, estaban heladas, pero le dieron vigor, lavaron sus heridas. Aunque sus brazos se tensaban dolorosamente, se detuvo, levantó la vista a la tormenta y abrió la boca para beber.

Yo antes…antes no tenía sed…ni hambre, ni dolor.

¿Cómo haberlo sabido, siendo yo tan chico por aquél entonces? Mi padre murió de un virus cruel antes de enseñarme bien aquello de la muerte, o lo del sufrimiento… Y ahora no puedo aceptar las consecuencias del error. ¡Cuanta ingenuidad infantil!…

Se aferró a una saliente filosa que le rebanó las yemas de los dedos. Soportó hasta casi desmayar, pero no se soltó, sino que tomó impulso y alcanzó la cima. Allá arriba, vientos atropellados salieron a su encuentro desde todas direcciones. Dejó de llover y el cambio abrupto alertó al alpinista, quien trató de levantarse del suelo.

-¿¡Para qué tanto esfuerzo!?- dijo una voz espectral, distorsionada por la masa alocada de aire en movimiento.

A duras penas, él reconoció a la vieja entidad. Su aspecto de árbol gigante lo confundió al principio, pero la voz en el viento…era esa cosa otra vez, no cabían dudas.

-Viajé mil días para encontrarte. Para pedirte…- confesó él, sin levantar la vista.

-Creí que estabas conforme con tu deseo…

-¡Ja Ja!, ¡No te burles de mí! ¡Eso fue hace más de veintisiete años, era yo un nenito!

El árbol habló de arriba a abajo y los fonemas sonaron al crepitar de ramas ardientes:

-¡Tardaste en venir! Podrías no haber hecho mucho de lo que hiciste y puede que tuviera en consideración tu pedido.

El alpinista se quedó unos segundos mirándose para adentro. Cuando volvió a hablarle a la cosa, lo hizo lleno de ira.

-¡Vos…vos tendrías que haberme advertido de todo lo que representaba ser así! Bastaba una advertencia….pero fue una estafa. Era mi derecho saberlo, ¡mi derecho de niño!

-Le hiciste pagar por tu dolor a muchos inocentes, muñeco -dijo la voz con severidad.

-¡Devolveme mi cuerpo, el que hizo el viejo para mí!

-Imposible- dijo el hada. -No se sale vivo de la vida que te di, muñeco…

La súbita retirada de los vientos dejó una noche gélida y limpia donde infinitos soles se esforzaban por alcanzar la tierra. El alpinista miró sin expresión hacia el espacio que antes ocupara el ser arbóreo, su hada maligna. Semidesnudo y en la cúspide de las más hostiles de las montañas, añoró su antiguo cuerpo de madera. Ya no había a quien buscar, a quien reclamarle nada. Tambaleó en el borde.

Pinocho miró de reojo el vacío del que venía y sintió por éste una angustia magnética.

FIN

Por: Maximiliano Chiaverano – Cuento publicado por primera vez en “De por acá nomás -Antología 2011-” Editorial Felipe y Vicente Libros Rebeldes.

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