La hora del espanto – (otra aventura p/jugar rol)

Recuerdo que eran pasadas las doce de la noche, en un canal de cable ya olvidado, en un ciclo de cine de terror que pocos recuerdan…  vi por primera vez Fright Night” o “Noche de terror o como la llamaron por estos lados, La hora del espanto, mi primer película de vampiros. No se si fue el televisor en blanco y negro o mi emoción de niño virgen de terror, la cuestión es que realmente me espantó.

Volví a verla miles de veces más,  hasta encariñarme con los personajes: Charley Brewster, Peter Vincent, Jerry… a tal punto que los recuerdo como parte imborrable de mi propia infancia.

Años después, cuando la fiebre del rol me invadió hasta los huesos, dejé escapar una pequeña aventura o guía para masters, inspirada en aquel mundo de entrañables seres de ficción… y bien,  aquí la dejo, tal como la escribí hace ya más de diez años:

“La Hora del Espanto” (.pdf)

 

Si te gustan las aventuras, puede que también quieras darle una leída a los CUENTOS escritos por el mismo autor.

POR POCO TIEMPO…

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Cuentos: “Siesta” (M.Chiaverano)

En algunas leyendas quechuas, las peores cosas pasan a la hora de la siesta…

Nadie mandó a Iván a meterse con los pibes del otro lado del puente, pero éstos decidieron compartir con él una experiencia de ultraviolencia. Ellos, que se sentían con justo derecho a proteger su territorio a fuerza de palizas, lo persiguieron por el camino a la virgencita: un largo y recto trecho de tierra rodeado por campos de maíz.

Iván escapó del acero helado que blandían sus perseguidores, de los gritos que vibraban en su nuca como alaridos infernales. Se detuvo unos segundos, respiró bocanadas de aire y tierra seca, y miró hacia atrás. Serían unos cuatro o cinco. Un malón de enfurecidos camaradas. Venían a preguntarle por qué les había invadido su barrio, por qué les había robado los clientes en sus narices. Traían con ellos muchas preguntas que querían hacerle, y todas le dolerían.

Calculó la velocidad de sus acechadores y estimó que las posibilidades de escapar por aquel camino sin vueltas eran casi nulas. Además, ya no le daban las piernas, ni los pulmones. Vio a su izquierda el maizal, más alto que él, tupido como la barba de un escobillón gigante.

-¡Hijo de puta! ¡Cagón de mierda!- salió una voz desde el malón.

-¡Vení que no te hacemos nada!- chilló otro.

Iván se metió campo traviesa y detrás de él se sofocaron los sonidos. Siguió corriendo a todo lo que daban sus piernas. Abrió una vía de escape apartando los choclos que le cerraban el paso. Quién sabe cuánto se había ya sumergido en las entrañas del maizal, cuando sus oídos zumbaron, sus pulmones rogaron por aire y sus extremidades, por una breve recuperación. Se dejó caer en la tierra. Recobró algo del aliento, y como animal salvaje sacó a relucir instintos de paranoia: levantó el mentón, abrió las fosas nasales, preparó los oídos. Escuchó un alarido distante, el viento, el graznido de una garza emigrante, y las chicharras. Giró la cabeza ciento ochenta grados para comprobar que solo mazorcas bamboleantes lo acechaban, chalas erguidas, el campo, la siesta.

Los había perdido.

Se sacó la remera, la uso de toalla y después se la puso como turbante. Ahora seria cuestión de atravesar el campo y salir del otro lado, a la ruta. Así pues, de pie otra vez, empezó a avanzar sin dejar de vigilar la retaguardia.

-Este se cree que nacimo’ ayer- dijo el Cabezón Tolueno, de pie en el borde del maizal, con una sonrisa maliciosa. Le secundaban tres de sus más fieles perros de caza: Colorado, el Gordo Pimienta y el Pendejo, este último apodado así hasta que se ganara el respeto de la banda.

-¿Qué hacemo’ Cabeza, lo seguimo’?– preguntó el Colorado.

-Vos, Pendejo, ¿querés ganarte un punto?

Pendejo, que no tendría más de quince años, que vestía ropas holgadas y siempre traía la capucha puesta, asintió con la cabeza.

-Seguí a este hijo e’ puta y si lo alcanzás…ya sabés… metele un puntazo.

Pendejo desapareció entre los choclos con licencia para matar.

-Colo, Gordo, nosotro’ vamo’ a buscar las motos pa’ ir del otro lao. Lo vamo’ a agarrar al sorete ese.

Iván se paró en seco. Había algo más adelante, brillos metálicos. Al principio pensó que se trataba de esas enormes cosechadoras. Quizás algún hombre de campo descansando, haciéndose una siesta en el estómago de su monstruo mecánico. Era posible, si, con el calor y en medio de la nada… Pero Iván llegó más cerca y lo que encontró no encajó para nada con su lógica de gringos siesteros.

Cuando el Pendejo tuvo la certeza que el Cabezón y el Colo estaban lejos, hurgó en el bolsillo y empuñó una pistola dos veces mas grande que su mano. Por fin, su momento había llegado y él tenía el instrumento adecuado para la ocasión. Siguió el rastro de Iván con ganas de estrenar fuego sobre carne y por fin, dejar de ser “el Pendejo”.

Iván retrocedió y observó la máquina desde una distancia prudente. Le sobresaltó un motor lejano que provenía del cielo. A muy pocos metros de su cabeza cruzó un avión fumigador y dejó caer su rocío amargo.

-¿Y ahora, cabeza?- preguntó el Colorado, apostado junto a sus amigotes del otro lado del campo, en la ruta olvidada.

-Esperamo’ acá hasta que salga el tipo y le rompemo’ el alma – respondió el Cabezón.

-¿Y el Pendejo?

-Con que haga venir al cabrón ese para acá, suficiente…

-¿Y si…

Antes que el Gordo Pimienta pudiera completar la pregunta, se oyó un tiro desde el interior del maizal. Volaron unas perdices y luego, estalló el silencio. La pandilla esperó a que alguno saliera…

-El tipo no tenía un fierro… ¡ese pendejo de mierda se la tenía guardada! ¡Qué guachín…

El Cabezón había planeado darle unas palmaditas en la espalda y buscarle un apodo nuevo al Pendejo, a modo de medalla de honor, pero ni éste ni el tipo salieron del maizal. Nervioso, le dio al Gordo Pimienta una faca a estrenar y la promesa de grandes cantidades de merca si se metía a buscarlos…

…y el Pimienta, entró al maizal.

Al caer la noche, después de quemar gargantas llamando a sus acólitos desaparecidos, el Cabezón Tolueno y su inseparable escudero pelirrojo, regresaron solos al barrio. En los días subsiguientes, no supieron nada del Pendejo, ni del tipo que acechaban, ni del Gordo. Y, por alguna razón que nadie llegó nunca a comprender, ninguno de los dos volvió a comer choclo.

FIN

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