Cuento: “Mato y voy” M.Chiaverano

cebecera  mato y voy

Llegaron escapando de la tormenta, apaleados por el viento de una noche que pintaba para estar adentro viendo una película y comiendo pochoclo, o leyendo al calor de la chimenea, tirados en una gran alfombra. O, jugando una buena partida de truco como los cuatro amigos.

 Los que vinieron de afuera fueron tres. Dos llegaron empapados, uno fue previsor.

-Buenas noches…-saludó Tobías. Ya en el interior calefaccionado, se sacudió como un perro mojado y refregó los pies en el tapete mugriento.

-Lucas, acá adentro cerrá el paraguas que trae mala suerte-dijo Carlos, el anfitrión.

-¿Qué pasa Carlos, ya te estás atajando por si perdés el partido de truco?

-¡Ah! Mirá que ya está… cantaste el rabón de antemano entonces…-aseguró Nicolás, un rastafari que hacía las veces de compañero canábico de Lucas.

Carlos sonrió y le estrechó la mano a los tres. Luego encerró la tempestad afuera y los condujo al comedor. Esquivaron una lata bajo la gotera del cielorraso y se ubicaron en los lugares de siempre, en las sillas de plástico de siempre. Lucas y Nicolás jugaban juntos, Tobías y Carlos, eran el equipo contrario. Los cuatro se desplegaron en la mesa decorada por anotaciones y dibujos, que como cartografías lúdicas atestiguaban muchísimas noches de insomnio, naipe y espada. De oros y bastos y…

-¿Preparo unos mates? -preguntó Carlos con fingida caballerosidad.

-Dele nomás, eso ni se pregunta…

-Con la miseria que cobré esta semana apenas si me alcanzó para la yerba –se excusó el cebador-. Encima tuve que comprar un mazo de cartas nuevo porque el otro daba pena.

-Si, mejor, se podían freír milanesas con la grasa que tenían esas cartas –comentó Lucas riéndose.

Más tarde Carlos volvió de la cocina con la pava humeante y al mate, arrancaron todas las rondas. Tobías mezcló los naipes con una sonrisa picaresca, se escupió los dedos como solía hacer su abuelo y dio tres cartas a cada uno.

-Haber si les cambia la suerte esta vez…, porque la semana pasada…

-…pasaron vergüenza -dijo Nicolás para completar la frase de su compañero. Pasó la lengua por la goma de un papelillo y armó un cigarro perfecto del grosor de un dedo.

-¿Fuego?

La caída de la lluvia y los truenos constantes, taparon los demás ruidos que podían haber llegado desde fuera. En el interior caldeado de la casa de barrio, tuvo lugar el partido, por lo menos hasta que ambos equipos llegaron a los doce puntos. En aquel momento, Carlos anotó en la columna que decía “Nosotros”, los últimos dos puntos que habían robado con un envido mentiroso.

Tobías tiene el ancho. Si no vi mal, acaba de guiñarme el ojo. Por lógica me toca apuntalar la primera mano. ¿Qué tiro? Carlos se apoyó las cartas en los labios mientras examinaba la jugada de los demás. Iba a jugar el tres, que era lo más alto que tenía, pero un comportamiento inusual de Tobías le detuvo, su compañero seguía guiñándole el ojo.

 Ya te vi pelotudo. Te van a ver…

-¿Pero..qué te pasa loco?

Tobías guiño repetidamente el ojo izquierdo y frunció la nariz

¿Ahora me dice que tiene puntos también? Qué tarado, me lo transmite ahora que lo están viendo todos. Capaz que está queriendo engañarlos…si es así es demasiado obvio…

-Bueno, mato esos reyes con un tres y el resto te lo dejo a vos Tobías. ¿Voy? ¿Tobías?

Pero la jugada de Carlos había perdido importancia. Los otros estaban alarmados, porque a Tobías parecían estar dándole espasmos. Sacudió el cuerpo y se le arrugó la cara. No tenía un ancho, no tenía puntos, sino un bruto ataque al corazón.

A la media hora, el partido de truco ya no existía. La atmósfera de la estancia había cambiado violentamente a un clima insospechado de velorio. Nervioso, Carlos iba y venía por la sala, Nicolás volvía a armar un cigarrillo y Lucas miraba el cadáver de Tobías sin saber qué decir. Habían probado inútilmente reanimar a Tobías; con cada segundo que pasaba, estaba más rígido.

-Carlos, ¿probaste de llamar al hospital de nuevo?

-Si. No me contesta nadie…

-Llamá a un taxi -sugirió Lucas.

-Ya probé. Con esta lluvia difícil que te hagan caso.

-Esto es un verdadero bajón. Un bajón. No puedo creerlo…-murmuró Nicolás.

Afuera se desplomó el cielo en forma de  granizo. Explotaron los vidrios de la claraboya del baño y los tres se sobresaltaron. Carlos corrió crispado, vomitando una puteada que tenía atravesada hace rato. No se sentía para nada bien. Su amigo había muerto en su casa, en su mesa, frente a él.

-Yo no pienso salir. Es una tragedia ya sé, pero si te cae una de esas piedras en la cabeza te la rompe -aseguró Nicolás con los ojos achinados y la voz afinada por la retención de humo.

-Me da cosa tenerlo muerto ahí, sentado como si todavía estuviera jugando con nosotros. Deberíamos llevarlo a…

-¿A dónde Lucas? ¿Te fijaste como está afuera? Es terrible…A mí tampoco me gusta, pero hay que aguantar hasta que calme un poco. Después vemos que hacemos.

-Tan joven… ¿Cuánto tenía? ¿Treinta y… dos?

Carlos cubrió el cuerpo con una sábana vieja. Nicolás encendió el televisor. Le bajó el volumen y empezó un zapping frenético. Con cada clic se le iba el color de la cara. -¡Che, miren miren miren…! -Cambió de canales. En todos había lo mismo.

-¡Dejá la tele, mostrá un poco de respeto!

-¡No, no, en serio, miren…!

Un cartel con fondo rojo y letras blancas decía: “ALERTA: PANDEMIA”. El mensaje los reunió en torno del televisor y cada vez que el rastafari cambiaba de canal, un texto similar cubría la pantalla. “CAOS: INFECCIÓN FUERA DE CONTROL”, “PERMANEZCA EN SU CASA”, “BROTE VIRAL SE INICIA EN CENTRO”, “EXTRAÑOS SÍNTOMAS” “REACCIONES VIOLENTAS” “LA MUERTE CAMINA EN LAS CALLES” “SE EXPANDE A GRAN VELOCIDAD“EVITAR TODO CONTACTO CON AQUELLAS PERSONAS QUE PRESENTEN SINTOMAS”

Lucas, sin habla, boqueó como pescado a la luz de la luna. Nicolás quedó más sobrio que nunca. A Carlos le tiritó la respiración y poco a poco creyó adivinar con horror los pensamientos de sus amigos:

Tobías trabaja en el centro… Esta mañana…trabajó esta mañana…y el mate…y las cartas en mi boca,…el cigarro…y su apretón de manos…

Miraron hacia la mesa, donde habían dejado sentado al cadáver de Tobías.

La sábana respiró.

Cuento: Mato y voy de M. Chiaverano

FIN

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