“La verdad del unicornio”- Cuento -M.Chiaverano

La verdad del unicornio - Cuento

 Ana estaba acostada, eran las doce y media. Tenía once años y seguía temiéndole a la oscuridad del cuarto. La pequeña estancia apestaba a pintura vieja con trazas de humedad ridícula.

 A pesar de los esfuerzos en refaccionarla, la casa se perpetuaba antigua. Los fantasmas no renegaban de aquella construcción centenaria, pero cierto sello de protección evitaba que invadieran los dormitorios. Lo mismo en el patio, para que los insectos no destruyeran las flores, la cerca, la casa, la familia. El padre de Ana había consultado al hechicero la semana pasada. No quería dejar a sus seres queridos sin defensa por los dos meses que duraba la temporada de cacería de licántropos.

 «Pero si ahí no puede haber nada, no tengo por qué tener miedo» se intentó convencer, aun así se llevó la manta hasta la nariz sin dejar de examinar la negrura. Ni bien la madre apagó la luz y se retiró, los empezó a sentir. Rodearon la cama, le acecharon. No quiso llorar, tampoco pidió ayuda.

  «Soy bastante mayor para estas cosas» pensó.

  Ellos interrumpieron su sueño esa noche.

 Aterrada, sintió que le apretaban la punta del dedo gordo del pie derecho. Enseguida se retrajo. Los ojos se le acostumbraron a las tinieblas y logró ver sus siluetas correteando por todos lados. Contó tres. Silenciosos, rápidos, apenas sombras yendo de un lado a otro, danzando como espectrales retratos del más allá. Ella cerró fuerte los ojos y se tapó la cabeza con la almohada esperando que se fueran y la dejarían en paz de una vez.

 Se asomó un poco, seguían ahí.

 -¡Váyanse!- imploró en un murmullo casi imperceptible.

  Ellos la escucharon claramente y la ignoraron.

 El miedo le chorreaba hasta por el último de sus poros. Era pleno invierno, temperaturas bajo cero y Ana sudaba. Pensó que su cama, una minúscula isla en mares sombríos, no le salvaría de ellos.

 -¿Q…Q…Qué quieren?

  Silencio. Ninguna respuesta.

 Escudriñó a su alrededor, ya no los veía. ¿Un sueño? Pero… ¿soñar despierta? Le llevó unos cuantos minutos volver a destaparse y casi una hora más para animarse a bajar de la cama.

«Ya se fueron, voy a encender la luz y a dormir toda la noche»

  Avanzó despacio, tambaleándose en la penumbra con los brazos estirados para alcanzar lo antes posible el interruptor. De pronto: el horror., el pánico. Sensaciones que cualquiera tendría si, como a ella, unos dedos helados le sorprenden tocándole la pantorrilla a medio camino de la única fuente de luz…

  Ana escuchó una leve respiración que se coló bajo la suya. No se movió, aunque quiso.

 «¡No hay donde ir, me tienen, esperaban, esperaban  que hiciera esto!»

  Además de la manito gélida que tocaba sus pies, otras le asieron de las manos y tiraron de ella con fuerza pero sin violencia, arrastrándole lentamente al rincón más oscuro, hacia el armario; y Ana se dejó guiar sin objeción. Buenos o malos, ella sabía que pronto descubriría sus verdaderas intenciones. Mientras tanto imaginó sus rostros, asquerosos y grotescos como en las historias. Arrugados, ajados, de pieles verdosas, cejas peludas y negras cubriéndoles la mayor parte de sus cabezas babosas.

  Ellos abrieron las puertas del mueble, lo supo por el chirrido de las bisagras. Después de todo, sus terrores tendrían al fin fundamento. Pronto conocería a los monstruos del armario.

  Los escuchó dentro de su cabeza. Tan dulces y armoniosas eran sus vces que le fue imposible resistirse:

 «No te asustes, Ana. Nada malo te va a pasar, acompáñanos a ver y a sentir el otro lado»

  Abandonando apenas un poco el temor. Ana accedió. En ese instante la empujaron suavemente al interior del mueble. Al principio, continuó el aislamiento y la oscuridad, percibió el aroma a madera vieja y el crujido de las tablas bajo la presión de sus pies. Después, un brillo incandescente la cegó. Cuando la luz se retiró, pudo ver la cortina de pana roja. Caminó unos pasos y se encontró en un espacio diferente, un lugar ajeno a la casa, lleno de humo. Volteó,  no existía ningún armario.

 Cuando Ana apareció de entre las sombras, la persona frente a ella se levantó de golpe y se dio la cabeza contra el tubo fluorescente. Asustado como Ana, ese hombre que escribía en su computadora portátil, dio un paso atrás, hizo caer la silla y balbuceó palabras de asombro y desconcierto.

Ana tembló, su estrecha mente pretendió entender, pensar que tal vez, después de todo fuese un sueño. Pero no, no era eso…

 El anciano señaló nervioso la pantalla titilante del monitor, hacia las letras que conformaban el texto escrito por él mismo. Parecía como si quisiera que Ana lo leyera. Sin bajar la guardia, ella se acercó, y leyó:

  “Ana estaba acostada, eran las doce y media. Tenía once años y seguía temiéndole a la oscuridad del cuarto. La pequeña estancia apestaba a pintura vieja con trazas de humedad ridícula. A pesar de los esfuerzos en refaccionarla, la casa se perpetuaba antigua. Los fantasmas no renegaban de aquella construcción centenaria…”

  Ella, releyó una y otra vez cada línea. La niña y el viejo se miraron atónitos.

  Sin tiempo de hablar o de elaborar hipótesis, “ellos” se materializaron en la habitación para maravilla de ambos humanos. Eran tres, uno más grande que el otro, de orejas levemente puntiagudas que sobresalían de matorrales de pelo negro. Los rostros, de textura perfecta, lisa como las de un recién nacido. Sus bocas sin labio, cerradas. Los ojos… grandes, amarillos, desprovistos de pestañas, les miraron.

  Los pensamientos llegaron a oleadas y con delicados y tiernos sonidos que solo podían ser reproducidos por seres como ellos.

 «Anciano, cuidá de esta niña, así debe ser. Por ahora guardá el secreto, el conocimiento tangible de que existe el mundo que imaginás.»

 El hombre juntó valor y preguntó. Los diminutos seres le respondieron siseando a coro:

 «No, no, viejo, la imaginación como vos la concebís no existe, son recuerdos de un mundo perceptible, verdadero, paralelo al tuyo. Recordá que esos monstruos, seres raros y locuras por el estilo, son reales de donde viene Ana. Cada vez que podemos, sacamos alguno de esas tierras y los traemos acá, donde viven lejos de algunos peligros. Ana se acordará de lo que vos, simplemente supondrás. Te elegimos porque los que son como vos, “suponen” mejor que otros, y nos ayudan a pasar»

 Las entidades verduscas comenzaron a desvanecerse lentamente hasta que los dos humanos quedaron frente a una pared vacía.

  Ana creció en un cosmos en continuo contraste con el suyo, libre de dragones, de molestas cosas gelatinosas, de hombres lobo e insectos gigantes. Y el escritor, entendió que sus libros fantásticos eran en verdad, extensos textos de historia, historia auténtica.

 ¿Entonces… no existen monstruos en tu mundo, abuelo?

 FIN

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“La duda”- Cuento- M. Chiaverano

cabecera la duda

“Habla conmigo, viejo perro blanco,

habla conmigo, ladra tu quebranto…

cuando quieras, olvidarlo… tu quebranto…”

 “Niño condenado”

Luis Alberto Spinetta.

 

Entró a la tienda esperando ahogarse adentro. Traspasó el umbral y antes de observar el interior, se aseguró que la entrada no desapareciera. No lo hizo. Adentro había dos esterillas de mimbre dispuestas una frente a la otra. La luz que las dejaba ver procedía de un sol de noche con los vidrios de la carcasa engrasados. Él se sentó y cruzó las piernas para descansar.

  Rato después entró un perro blanco. Silencioso, cabizbajo, dio una vuelta sobre la otra esterilla y también reposó. Sin perder el porte, con la barbilla levantada, el dogo midió al explorador. Hipnotizados, ambos se quedaron esperando, hicieron competir silencios.

 Tras unos instantes llegó el nativo, se arrodilló a la par del perro.

 -Pido disculpas por mi intromisión -dijo el forastero. Vine en cuanto supe que uno de ustedes todavía conservaba algo de las formas antiguas.

  Nadie respondió.

 -Vine porque se me ha dicho que usted es capaz de responder a ciertas preguntas…

  Tanto el perro como el nativo mantuvieron una especie de trance inalterable.

 -Vengo desde lejos buscando conocimientos. Se me reveló la existencia de los últimos guardianes de la forma antigua. Mi espíritu inquieto quiere borrar algunas dudas.

 -¿Y por qué quiere saberlo?- preguntó el hombre de piel tostada.

 -Por aquellos que merecen respeto.

  Fueron analizadas, sopesadas, barajadas, meditadas y al fin, las palabras del explorador tuvieron algún efecto: la aprobación de aquel que aún guardaba la forma antigua.

 -Pregúntele, entonces.

 El explorador se dirigió al gran can:

 -¿Por qué los perros le ladran a las ruedas en movimiento?

 –Hace milenios,-empezó diciendo el perro, con voz profunda y bien modulada- hace milenios de incontables formas, nosotros fuimos otros. Éramos otros cuando llegaron ellos. Ellos cayeron para dominarnos, para cambiarnos la forma. Se movían lento, pero imparables. Enormes como edificios eran las ruedas metálicas que rompían la piedra y creaban terremotos y desiertos. Para nosotros, sus máquinas de guerra eran en sí circunferencias del diámetro de una luna, de la dureza del peor hueco de corazón…  Avanzaron sobre nuestra gente, pisotearon nuestra cultura. Exterminaron a los que habían nacido antes, y a los que crecerían después.

 El perro hizo una pausa, cerró los ojos y agregó:

 -A esos monstruos…toda rueda nos los recuerda…por eso ladramos, por eso ladramos.

FIN

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“Poe” -Cuento- M. Chiaverano

Cuento "Poe" de M.Chiaverano

Pequeño Homenaje al E.A. Poe

  Le aterró ver que aquella criatura se metía debajo de su cama. No la pudo parar. Lo asaltó una impasible e imparable sucesión de asociaciones que iban desde el nombre con el que había bautizado al gato, hasta los cuentos acerca de algún tatarabuelo moribundo acompañado por su mascota oculta bajo el catre desvencijado. Incluso recordó diálogos y personajes que sus familiares más longevos reproducían en noches de tormenta. Algo así como:

-¡Que se ha metido desde ayer, y no quiere salir! Pobre gatito, lo está cuidando al Edgardo -dijo la vieja. Lleva dos días ahí. Le ofrecí comida desde la cocina, pero no vino. Le lleve un platito con leche, pero no la tomó… es como si se quisiera morir con su amo…

 

-¡Sshh cruz diablo! no digas eso que atraés desgracias –dijo la hija.

 

-Si hasta podría decirse que el pobre animal lo está velando…

  La vieja enterró al moribundo un día después de haber dejado sin dormir a su hija con todas aquellas suposiciones.

  Y del gato, nunca más se supo nada. Fin de la historia.

  Era suficientemente inquietante para él aquel cuento de fieles celadores que maúllan, y le revolvía las tripas saber que un ser venerado por antiguas culturas, ancianas en sabiduría y atiborradas de enigmas sin resolver, estuviera oculto bajo su lecho.

-¡Poe! -le llamó por su nombre. Pero había pasado poco, demasiado poco para que se hubiera acostumbrado a un nombre humano.

-¡Poe! -insistió él.

  Con la tenue luz de una vieja lámpara de kerosene, una luciérnaga exigida en sus últimos minutos, vio entre sombras, otras sombras. En la habitación ahogaba el silencio y podía escuchar la respiración del felino. Alumbró entre el colchón deshilachado y el piso: dos ojos brillantes le devolvieron la mirada.

 -¡Poe! Salí o…-dijo, ya más alterado. ¿O qué? No quiso meterse bajo la cama, quién sabe cómo reaccionaría el gato acorralado. Tampoco quería asustarlo más, metiendo una escoba.

 “Necesito ganarme su confianza. Solito va a salir. Me acuesto y que salga cuando se le dé la gana.”    

   Sin más demora, dejó la lámpara sobre la cómoda y se fue a lavar los dientes. Al volver al dormitorio, el gato seguía ahí.

-Parece que te vas a quedar toda la noche ahí abajo. Como quieras…

  Dicho esto, se descambió, se metió entre las frazadas y estiró la mano para cerrar la válvula de la lámpara. Después de eso pasó un largo rato hasta que el sueño se lo llevó. En ese tiempo se perdió en recuerdos de historias de gatos nefastos.

  Poe esperó hasta que su captor estuviera bien dormido para salir. Con el sigilo propio de su especie, saltó a la cama. Era una pluma negra, un soplo de noche sobre la noche. Se acercó a la cabeza del hombre sin pisar ninguna parte de su cuerpo. Podía arrebatarle lo que quisiera, pero no. Sólo lo observó en silencio un largo tiempo y acto seguido alcanzó la ventana abierta con un mínimo impulso. Poe, con seis de sus vidas intactas, decidió que era innecesario sacarle el alma al durmiente.

  Poe era joven y aquella noche, fue justo.

FIN

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“Detrás de la lluvia” -Cuento- M.Chiaverano

cabecera detrás de la lluvia

Detrás de él se abrió un postigo salvaje. Desde afuera, a través de la ventana violada, llegaron los aplausos. El agua cayó sobre la casa a latigazos. Explotó el cielo, atacaron los vientos con sonidos retorcidos. Parpadearon los nimbos oscuros que cubrían la ciudad. Se acercó el caos meteorológico. Mientras tanto, él intentaba escribir.

 El perro del vecino ladró. Lo hizo sistemáticamente, como para trepanarle los sesos con una tortura sónica chino-perruna.

¿A quién mierda le ladra ese hijo de perra, con este clima? –pensó.

 Ondularon hacia adentro las capas blancas de la ventana, lo invisible embistió para entrar. Una y otra vez, a ritmo sibilante, con insistente voluntad. Algo se movió detrás de la tormenta, detrás del ladrido. Algo silbante más duro que el aire, se arrastró. Él, lo escuchó y se cristalizó en el teclado. Su mirada le titiló al ritmo del cursor de la página en blanco del monitor. Sin darse vuelta, destapó su oído para superar los ruidos.  En el fondo sabía… sabía que algo venía con la lluvia. Algo cómplice de la muerte de la propia casa, algo atraído por la sequía de adentro.

Parpadeó la lámpara otra vez.

 Él pensó en las velas (de bajo costo y medianas) guardadas en la alacena. Se despegó del asiento para ir a buscarlas. Pero se detuvo a medio camino.

El perro dejó de ladrar.

El perro gimió.

El perro dejó de gemir.

 

 Él se acercó al hueco que lo separaba del patio. Corrió las cortinas de un manotazo. En ese momento se fue la luz.

 

FIN

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Cuento: “Mal Animal” (Parte 2) M.Chiaverano

cabecera mal animal2

Pequeño Homenaje a J.R.R Tolkien

Leer la primera parte <–

Segunda parte

El niño volvió a la habitación de los padres. La vio nublada, manchada, y toda por triplicado. Acarició forzosamente cada mueble, cada rincón, quiso toparse con los ojos artificiales. Pero no tuvo suerte. Continuó perdido en su propia casa, náufrago de vista.

Atardeció más opaco de lo normal para aquellas tierras. Y con la noche llegaron los sonidos. Cada chasquido, sorprendió al infante Rohirrim. De a poco le dieron espasmos. Lloró y lloró y balbuceó. Mamá, mamá, ¿dónde, dónde, dónde estás? Recitó en voz baja oraciones a la mitad. De nada sirvió. Su madre había faltado mucho, demasiado tiempo como para que su fe enclenque pudiera sostener batallas imposibles contra aquél terror.

 Nadie va a venir, nadie va a venir – pensó.

  Tronó el cielo, y la torre de vajilla volvió a tintinear, un cuchillo mal puesto se desmoronó, cucharas desequilibradas alardearon de su existencia. Todo sonido cobró sentido aterrador para el pequeño amnésico escondido en el armario. Se quedó en silencio, a oscuras, frotándose la rodilla derecha. ¿Con qué me golpeé?

 Enredado en pieles de oso, clamó a sus dioses que le devolvieran la luz, o a su madre, o a ¿Pity?, o sus cristales para ver… pidió demasiado. Los suyos parecían ser dioses fofos, lentos, tontos o muertos.

 -Mamá. Mamá… – Invocó a la única pseudo divinidad que conocía, pero ésta tampoco respondió. Se encontró solo por primera vez, y se dio cuenta de que estaba perdido.

 Refugiado dentro del mueble, el niño rezó, lloró, gimió. Pensó. Empezó a retroceder despacio con su mente, buscó en la memoria los recuerdos perdidos. Intentó reconstruir más o menos algo… ¿Qué era lo último que recordaba del día de ayer? El patio. La primavera. El sol. Los pastos altos. El camino de piedras que lleva al fondo del patio y a la casillita de atrás, y a su…Pity. Pity…el nombre le trajo imágenes fluctuantes que se ennegrecieron enseguida, como todo lo demás. No eran visiones de pájaros ni frutas, sino sueños turbios y pesadillas de indomables contrastes. Se recordó a sí mismo ladrándole a su madre. Por fin, el rostro de ella se le manifestó en la memoria. ¿Una cara? Sí, una cara y un desastre terrible. Los griteríos de su madre, ella decía algo inentendible, irrecordable. ¿Reproches? Sí. La recordó enojada por algo que él había hecho… ¿O el culpable era Pity…? Se esforzó más, recordar era más fácil que enfrentar la realidad. Fue segundos antes de resignarse al olvido, que el ruido le sobresaltó. La puerta de la cocina explotó para adentro y el niño ya no pudo autoengañarse con el viento ni tapar soles con pulgares. Debajo del bramido tormentoso escuchó pezuñas. Filosas, y eran muchas y rasguñaban el mosaico buscando lo que el olfato ya había encontrado. El animal entró a la casa como espectro hambriento de aire, y de algo más.

 En su rompecabezas-mnemotécnico-infantil, la madre estaba enojada por algo, algo que él inocentemente había ocultado.

 Gritó la madre en la memoria de su hijo. Gritó porque ya era tarde para soluciones, porque, por haberla alimentado bien, la criatura había desarrollado sus instintos con tremenda celeridad, y crecido mucho… mucho

 “Muy lindo, muy tierno Pity, pero como ni mamá ni papá quieren mascotas dentro de la casa, vas a tener que dormir calladito en el granero” -le había dicho el niño al cachorrito, tiempo atrás, después de encontrarlo en el bosque.

 “Pobre cachorrito, estás perdido, tenés hambre, tenés sed…

 Pity se abrió camino a zarpazos en la madera, hacia el pequeño bocado. Todos los recuerdos reprimidos en el bocado, quedaron bruscamente relajados. El niño ya no intentó recordar. Aun así, muy lejos, en lo que todavía quedaba de memoria, gritó la madre. Gritó por el irremediable error de su hijo: confundir perros con 1Wargos.

 FIN

 1Wargos, huargos. La mayoría de las veces, con este término se hace referencia a los gigantescos lobos parlantes que Sauron crió como cabalgadura para los orcos.

Pity Abreviatura de Pitya (Quenya) Pequeño/a

(Ambos términos fueron extraídos del Diccionario Enciclopédico Tolkien, F.Schneidewind. Ed.Plaza&Janés editores – 2003)

 

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Cuento: “Mal Animal” M.Chiaverano

cebecera mal animal

Pequeño Homenaje a J.R.R Tolkien

Primera parte

Eran tiempos difíciles para la gente de la marca, los días amanecían cada vez más turbios y el humo de las almenas ya podía distinguirse en sueños. Pronto les caería encima la peor de las guerras, la más terrible de las calamidades. Hasta los padres de los padres de los niños se resignaron a desempolvar las espadas, a pertrecharse el alma. Decididos a no dejarse atropellar por la oscuridad, los seres de luz sobre la tierra media se prepararon para la guerra en el este.

 Como muchos, el padre del pequeño se fue en medio de la noche, a unirse con el resto de los éorlingas, quienes aguardaban impacientes por sumarse al ejército del oeste.

  En el cielo no había estrellas ni lunas, solo ceniza. Mientras los jinetes lidiaban con el miedo por la inminente batalla, la sombra llegó colándose a través de resquicios insospechados…

 El hijo del Rohirrim.

  El chico miope espió por la ventana del cuarto de sus padres. Vio al sol menguante de la tarde rodar bajo un cielo atiborrado de nubes púrpuras. No definió más que siluetas movedizas y nubladas de los matorrales. Buscó. Pero “eso” no estaba ahí. Sondeó afuera como si esperase que algún enorme “algo” surgiera de entre los pastizales.

-¡Pity!- gritó.

 Respondieron los insectos de media tarde, el viento enfermizo cargado de ceniza, las efervescencias sonoras del árbol del fondo,  la tarde nebulosa.

-Pity, ¡Contestame! – El niño llamó a su… no recordó qué.

 Ayudándose con el respaldo de la cama se puso de pie y redescubrió el dolor en la rodilla derecha. ¿Cómo me hice esto? Forcejeó con su memoria, le amenazó de muerte. Pero fue inútil.

-¡Pity!- volvió gritar desde la puerta. Llegó tambaleándose hasta la cocina. No había nada más que una pila equilibrada de artilugios culinarios. Platos, vasos, tazas y demás cubiertos sin lavar que se acomodaron bajo el influjo de la vibración del grito.

 Afuera se sacudió y crujió la hojarasca.

 Es nada más el viento, se dijo el pequeño.

 Silbó la puerta del patio.

Es nomás un viento pasando por el agujero, ahí donde la madera se pudrió

  Algún líquido goteó sobre los vasos, el tamborileo lo inquietó. Empezó a tener miedo.

 -¿Pity? ¿Mamá?

 -¿Pity?

  Repitió aquel nombre como si recitara una letanía, tan monótona que pronto empezó a perder el sentido. Pity debía de ser alguien importante… ausente,  tanto como sus padres.

 Si es que tengo padres… – Por alguna olvidada razón, el niño no se acordaba ni de él mismo. Gimió, lloró a su madre sin rostro.

 La vajilla le volvió a contestar, el viento se burló con ella. ¿Habría mañana alguna mano familiar para lavar esos trastos? Registró el resto de la casa tan despacio como su extrema carencia de visión se lo permitió. Ya no buscó a Pity ni a su madre, la cuasi ceguera le obligó a encontrar algo con forma de cuerpo, cualquier otro ser humano que lo sacara de la ciénaga de ojos desviados en la que se ahogaba. Sus manos no encontraron más que dureza. ¿Dónde estarán los cristales para ver que me dio el mago gris? ¿Por qué me dejaron solo?  Desempañó los vidrios de la puerta del patio, pero fue inútil ver a través de ellos. Otra vez, la sombra turbia del árbol del medio, el danzar de los pastos deformados, las carcajadas del viento entre los espinos…

Continúa: “Mal Animal, parte 2”

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Cuento: “El dibujante del pasado mañana” M.Chiaverano

cuento el dibujante

“Las parcas eran tres viejas sentadas en mecedoras, tejiendo y destejiendo el hilo de la vida, nosotros,  gatos de cola larga obsesionados con los ovillos… No tengo en este efímero instante una descripción mejor de la peor de nuestras estupideces: Creer en la bondad de los vaivenes, cuando pocos salen vivos o ninguno, de esta vida.”

-¿Qué leés ahí en las páginas blancas, hombre?

El dibujante no respondió. Le privó de la mediocre explicación léxica de su visión de futuros dibujos, de trazos en trastos, de quiebres sugerentes, del futuro gráfico del grafito. No le llevó a los densos lugares de su mente, donde veía sombras, ocultas en la blancura tenebrosa de lo no dibujado.

El otro lo siguió observando, a la espera de que algo pasara, que algo dijera, o hiciera, para que su vista apreciara maravillas, portentos, pronósticos.

Pero el dibujante, sólo por apenas un pequeño limbo, desvió la atención de las hojas y encendió un cigarro con forma de mecha de taladro, cuyo filtro no existía, cuyo aroma condensaba una niebla en derredor.

El otro, patético hasta al fin, cubierto de insalubre comezón, se atembloró con inquietud pidiéndole clemencia por tremenda ansiedad:

-¿Dónde están las palabras, los augurios, las profecías, los símb…?

Con un furtivo movimiento del brazo, el dibujante llegó demasiado rápido al vaso de agua sucia. Se la tomó de un solo trago y al volver a dejar el vaso sobre la mesa, el otro dio un respingo.

-No voy a escapar de las hojas. No puedo  –dijo el dibujante, sin levantar la vista, sin abandonar el equilibrio de su espalda curvada, sin respirar a destiempo y al unísono del tono de su voz, consumió la totalidad de la mecha. Y fue taladro. Y sería más herramientas después de un rato… barreno del tiempo, trazador de mundos.

Las sombras de la habitación de madera se generaron hacia arriba, y la luz en la punta del lápiz, la rueca de carbono, remarcó la semipenumbra en la pseudo-blanca celulosa. Dibujó dando golpes de kung fu a las caras pálidas del papel.

El otro quedo boquiabierto ante la destreza de las tomas. De a ratos perdió detalles por la velocidad sobrenatural del dibujante, pero aun así participó activamente de la contemplación del nacimiento de un vaticinio gráfico.

Silbó en el aire el envión que concretó la elipsis sobre el papel. Se descargaron furiosos picoteos y parecía espantar insectos invisibles para delinear horizontalidades. Así, por largo rato, la mano maestra guió a la herramienta y la herramienta al dibujante. Y el dibujante se cableó con el futuro y le arrancó unos cuantos signos.

-¿Qué va a pasar? ¡¿Qué va a pasar?!

No hubo respuesta a las preguntas. El dibujante cayó fulminado.

El otro no supo que hacer. Se le arrimó, le tomó el pulso en la muñeca de la mano que todavía aferraba al lápiz. No hubo calor, ni latidos.

Rato después, miró las hojas para ver lo que el dibujante había copiado del futuro… Y  de sus ojos perdió color, y de su pecho latidos…

FIN

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