“La verdad del unicornio”- Cuento -M.Chiaverano

La verdad del unicornio - Cuento

 Ana estaba acostada, eran las doce y media. Tenía once años y seguía temiéndole a la oscuridad del cuarto. La pequeña estancia apestaba a pintura vieja con trazas de humedad ridícula.

 A pesar de los esfuerzos en refaccionarla, la casa se perpetuaba antigua. Los fantasmas no renegaban de aquella construcción centenaria, pero cierto sello de protección evitaba que invadieran los dormitorios. Lo mismo en el patio, para que los insectos no destruyeran las flores, la cerca, la casa, la familia. El padre de Ana había consultado al hechicero la semana pasada. No quería dejar a sus seres queridos sin defensa por los dos meses que duraba la temporada de cacería de licántropos.

 «Pero si ahí no puede haber nada, no tengo por qué tener miedo» se intentó convencer, aun así se llevó la manta hasta la nariz sin dejar de examinar la negrura. Ni bien la madre apagó la luz y se retiró, los empezó a sentir. Rodearon la cama, le acecharon. No quiso llorar, tampoco pidió ayuda.

  «Soy bastante mayor para estas cosas» pensó.

  Ellos interrumpieron su sueño esa noche.

 Aterrada, sintió que le apretaban la punta del dedo gordo del pie derecho. Enseguida se retrajo. Los ojos se le acostumbraron a las tinieblas y logró ver sus siluetas correteando por todos lados. Contó tres. Silenciosos, rápidos, apenas sombras yendo de un lado a otro, danzando como espectrales retratos del más allá. Ella cerró fuerte los ojos y se tapó la cabeza con la almohada esperando que se fueran y la dejarían en paz de una vez.

 Se asomó un poco, seguían ahí.

 -¡Váyanse!- imploró en un murmullo casi imperceptible.

  Ellos la escucharon claramente y la ignoraron.

 El miedo le chorreaba hasta por el último de sus poros. Era pleno invierno, temperaturas bajo cero y Ana sudaba. Pensó que su cama, una minúscula isla en mares sombríos, no le salvaría de ellos.

 -¿Q…Q…Qué quieren?

  Silencio. Ninguna respuesta.

 Escudriñó a su alrededor, ya no los veía. ¿Un sueño? Pero… ¿soñar despierta? Le llevó unos cuantos minutos volver a destaparse y casi una hora más para animarse a bajar de la cama.

«Ya se fueron, voy a encender la luz y a dormir toda la noche»

  Avanzó despacio, tambaleándose en la penumbra con los brazos estirados para alcanzar lo antes posible el interruptor. De pronto: el horror., el pánico. Sensaciones que cualquiera tendría si, como a ella, unos dedos helados le sorprenden tocándole la pantorrilla a medio camino de la única fuente de luz…

  Ana escuchó una leve respiración que se coló bajo la suya. No se movió, aunque quiso.

 «¡No hay donde ir, me tienen, esperaban, esperaban  que hiciera esto!»

  Además de la manito gélida que tocaba sus pies, otras le asieron de las manos y tiraron de ella con fuerza pero sin violencia, arrastrándole lentamente al rincón más oscuro, hacia el armario; y Ana se dejó guiar sin objeción. Buenos o malos, ella sabía que pronto descubriría sus verdaderas intenciones. Mientras tanto imaginó sus rostros, asquerosos y grotescos como en las historias. Arrugados, ajados, de pieles verdosas, cejas peludas y negras cubriéndoles la mayor parte de sus cabezas babosas.

  Ellos abrieron las puertas del mueble, lo supo por el chirrido de las bisagras. Después de todo, sus terrores tendrían al fin fundamento. Pronto conocería a los monstruos del armario.

  Los escuchó dentro de su cabeza. Tan dulces y armoniosas eran sus vces que le fue imposible resistirse:

 «No te asustes, Ana. Nada malo te va a pasar, acompáñanos a ver y a sentir el otro lado»

  Abandonando apenas un poco el temor. Ana accedió. En ese instante la empujaron suavemente al interior del mueble. Al principio, continuó el aislamiento y la oscuridad, percibió el aroma a madera vieja y el crujido de las tablas bajo la presión de sus pies. Después, un brillo incandescente la cegó. Cuando la luz se retiró, pudo ver la cortina de pana roja. Caminó unos pasos y se encontró en un espacio diferente, un lugar ajeno a la casa, lleno de humo. Volteó,  no existía ningún armario.

 Cuando Ana apareció de entre las sombras, la persona frente a ella se levantó de golpe y se dio la cabeza contra el tubo fluorescente. Asustado como Ana, ese hombre que escribía en su computadora portátil, dio un paso atrás, hizo caer la silla y balbuceó palabras de asombro y desconcierto.

Ana tembló, su estrecha mente pretendió entender, pensar que tal vez, después de todo fuese un sueño. Pero no, no era eso…

 El anciano señaló nervioso la pantalla titilante del monitor, hacia las letras que conformaban el texto escrito por él mismo. Parecía como si quisiera que Ana lo leyera. Sin bajar la guardia, ella se acercó, y leyó:

  “Ana estaba acostada, eran las doce y media. Tenía once años y seguía temiéndole a la oscuridad del cuarto. La pequeña estancia apestaba a pintura vieja con trazas de humedad ridícula. A pesar de los esfuerzos en refaccionarla, la casa se perpetuaba antigua. Los fantasmas no renegaban de aquella construcción centenaria…”

  Ella, releyó una y otra vez cada línea. La niña y el viejo se miraron atónitos.

  Sin tiempo de hablar o de elaborar hipótesis, “ellos” se materializaron en la habitación para maravilla de ambos humanos. Eran tres, uno más grande que el otro, de orejas levemente puntiagudas que sobresalían de matorrales de pelo negro. Los rostros, de textura perfecta, lisa como las de un recién nacido. Sus bocas sin labio, cerradas. Los ojos… grandes, amarillos, desprovistos de pestañas, les miraron.

  Los pensamientos llegaron a oleadas y con delicados y tiernos sonidos que solo podían ser reproducidos por seres como ellos.

 «Anciano, cuidá de esta niña, así debe ser. Por ahora guardá el secreto, el conocimiento tangible de que existe el mundo que imaginás.»

 El hombre juntó valor y preguntó. Los diminutos seres le respondieron siseando a coro:

 «No, no, viejo, la imaginación como vos la concebís no existe, son recuerdos de un mundo perceptible, verdadero, paralelo al tuyo. Recordá que esos monstruos, seres raros y locuras por el estilo, son reales de donde viene Ana. Cada vez que podemos, sacamos alguno de esas tierras y los traemos acá, donde viven lejos de algunos peligros. Ana se acordará de lo que vos, simplemente supondrás. Te elegimos porque los que son como vos, “suponen” mejor que otros, y nos ayudan a pasar»

 Las entidades verduscas comenzaron a desvanecerse lentamente hasta que los dos humanos quedaron frente a una pared vacía.

  Ana creció en un cosmos en continuo contraste con el suyo, libre de dragones, de molestas cosas gelatinosas, de hombres lobo e insectos gigantes. Y el escritor, entendió que sus libros fantásticos eran en verdad, extensos textos de historia, historia auténtica.

 ¿Entonces… no existen monstruos en tu mundo, abuelo?

 FIN

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“La duda”- Cuento- M. Chiaverano

cabecera la duda

“Habla conmigo, viejo perro blanco,

habla conmigo, ladra tu quebranto…

cuando quieras, olvidarlo… tu quebranto…”

 “Niño condenado”

Luis Alberto Spinetta.

 

Entró a la tienda esperando ahogarse adentro. Traspasó el umbral y antes de observar el interior, se aseguró que la entrada no desapareciera. No lo hizo. Adentro había dos esterillas de mimbre dispuestas una frente a la otra. La luz que las dejaba ver procedía de un sol de noche con los vidrios de la carcasa engrasados. Él se sentó y cruzó las piernas para descansar.

  Rato después entró un perro blanco. Silencioso, cabizbajo, dio una vuelta sobre la otra esterilla y también reposó. Sin perder el porte, con la barbilla levantada, el dogo midió al explorador. Hipnotizados, ambos se quedaron esperando, hicieron competir silencios.

 Tras unos instantes llegó el nativo, se arrodilló a la par del perro.

 -Pido disculpas por mi intromisión -dijo el forastero. Vine en cuanto supe que uno de ustedes todavía conservaba algo de las formas antiguas.

  Nadie respondió.

 -Vine porque se me ha dicho que usted es capaz de responder a ciertas preguntas…

  Tanto el perro como el nativo mantuvieron una especie de trance inalterable.

 -Vengo desde lejos buscando conocimientos. Se me reveló la existencia de los últimos guardianes de la forma antigua. Mi espíritu inquieto quiere borrar algunas dudas.

 -¿Y por qué quiere saberlo?- preguntó el hombre de piel tostada.

 -Por aquellos que merecen respeto.

  Fueron analizadas, sopesadas, barajadas, meditadas y al fin, las palabras del explorador tuvieron algún efecto: la aprobación de aquel que aún guardaba la forma antigua.

 -Pregúntele, entonces.

 El explorador se dirigió al gran can:

 -¿Por qué los perros le ladran a las ruedas en movimiento?

 –Hace milenios,-empezó diciendo el perro, con voz profunda y bien modulada- hace milenios de incontables formas, nosotros fuimos otros. Éramos otros cuando llegaron ellos. Ellos cayeron para dominarnos, para cambiarnos la forma. Se movían lento, pero imparables. Enormes como edificios eran las ruedas metálicas que rompían la piedra y creaban terremotos y desiertos. Para nosotros, sus máquinas de guerra eran en sí circunferencias del diámetro de una luna, de la dureza del peor hueco de corazón…  Avanzaron sobre nuestra gente, pisotearon nuestra cultura. Exterminaron a los que habían nacido antes, y a los que crecerían después.

 El perro hizo una pausa, cerró los ojos y agregó:

 -A esos monstruos…toda rueda nos los recuerda…por eso ladramos, por eso ladramos.

FIN

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La Sociedad de los Poetas de la Noche, Fin del Capítulo “B”, Notas de campo Parte 14

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5, 4, 3, 2, 1…

Segundos antes de la extracción, Elsa dirige un vistazo al cochero sombrío que aguarda allá detrás, esperando la oportunidad. Ella lo reconoce en ese instante. Ya lo ha visto en otras bibliotecas vivientes, pero bajo distintas formas: Es un Al-z, devorador de memorias.

-¡Este recuerdo se viene conmigo, Al-z…!-le grita con aires de victoria, y con sus poderosas notas bajo el brazo, la buscadora salta fuera de la biblioteca-mente…

FIN DEL CAPÍTULO “B”

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La Sociedad de los Poetas de la Noche, Capítulo “B”, Notas de campo Parte 13

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La Sociedad de los Poetas de la Noche, Capítulo “B”, Notas de campo Parte 13

Una descarga quiebra los tímpanos de la niña, quien se retuerce en una mueca de dolor; después de tanto silencio cualquier sonido es un grito. Tras el aturdimiento le llega la voz nasal de su compañero:

-Te escucho Elsa. ¡Estamos sacándote!

Las dos se miran otra vez, y saben que sentirán por tiempo indeterminado la extrañeza de extrañarse.

-…al final nunca supe su nombre…

La escriba se encoge de hombros, sigue risueña, respira con lentitud.

-Buena lucha allá arriba, Elsa.

-Gracias, amiga.

Ya de pie, la buscadora mete el anotador en su bolso de memoria y alza la vista al techo. Espera unos segundos y…

-Beto, tengo el libro. Estoy lista.

-¡Bien!- la voz masculina se aleja dando órdenes a otros que están más allá. Iniciando proceso de extracción en: 5, 4, 3, 2, 1…

CONTINÚA PRÓXIMAMENTE…

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La Sociedad de los Poetas de la Noche, Capítulo “B”, Notas de campo Parte 12

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La sociedad de los poetas de la noche-CAPITULO B- parte 12 -Notas de campo

La luz brilla por mucho tiempo, y la buscadora aprovecha para copiar otros pasajes de La sociedad de los poetas de la noche…
Pasan las hojas, ella escribe, trascribe, percibe, persiste. Quién sabe si días, quién sabe si noches, la pluma descarga letras sobre el papel, forma recetas que alteran y alternan las multirealidades.
Varios no-se-cuanto después, la escriba flota hasta la pequeña.
-Así funciona el libro. Como es adentro, será afuera, Elsa – dice la escriba, empapada de luz. Ya no se esfuerza al hablar, ya no se queda sin aire. ¡Tenés que irte ahora! Encontraste lo que viniste a buscar.
-¿Eh?
-¡Afuera! Tengo que llevar la biblioteca a otro lado.
-¿Y sabe a dónde?
-Nahh… ningún libro me lo dijo.
-Entiendo, entiendo. Las dos tenemos que irnos. Vamonos pues.

Elsa desliza el intercomunicador en su cabeza.
-Beto, ¿Me escuchás?
No hay respuesta. Elsa y la escriba cruzan miradas. La anciana no deja de sonreír.
-¡Beto, Beto! ¿estás ahí? ¡Beto!

 

CONTINÚA PRÓXIMAMENTE…

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La Sociedad de los Poetas de la Noche, Capítulo “B”, Notas de campo Parte 11

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La Sociedad de los poetas de la noche-CAPITULO B- parte 11 -Notas de campo

Por primera vez, se asoma entre tinieblas la figura del cochero. Es fino, más alto conforme se acerca a la luz escondida en el farol de la escriba.

 -Me vengo a llevar ese trasto, Elsa Saltamentes– dice la voz ectoplásmica.

 Elsa no responde a la primera, se queda mirando la sombra que flamea ante sus ojos. ¿Queda algo que pueda hacer para que aquella cosa no arrebate el último libro de sus manos? Automáticamente, casi en paralelo a sus pensamientos, eleva una frase en respuesta: las primeras líneas de lo que acaba de anotar:

 “Duermo en el día, despierto en la noche…”

 La luminiscencia encerrada en el farol, toma vigor, comienza a recuperar con cada palabra pronunciada por la niña en voz alta, todo el brillo perdido.

 “…sueño con el día que deje de vivir en esta noche”

 El cochero se retrae sin ruidos, se transparenta, baja de estatura, pierde sombra…

 Ahora la luz armada con palabras, invade la estancia y espanta al monstruo…

CONTINÚA PRÓXIMAMENTE…

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La Sociedad de los Poetas de la Noche, Capítulo “B”, Notas de campo 10ma. Parte •

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La sociedad de los poestas de la noche - CAPITULO B-10ma parte-Notas de campo

Elsa arroja miradas frenéticas entre la lámpara moribunda y el tintero y la oscuridad y de nuevo la escriba. Piensa, piensa, y se pregunta:

-¿Éste es el último? ¿Es el último libro mágico de la biblioteca?

-Éste… es…- contesta la anciana. Y con sobrenatural desvarío, agrega:  ¿Pero de qué biblioteca… me pensás?

A la saltamentes le tiemblan las manos, le transpiran. Actúa empujada por fuerzas desde más allá de la enorme profundidad de sí misma. Abre el libro, con el solo impulso de su esperanza menguante…, y encuentra una pequeña gran respuesta, otra pieza del rompecabezas extraordinario: Alabanza a las lámparas.

La sociedad de los poetas de la noche - Alabanza a las lámparas.

CONTINÚA PRÓXIMAMENTE…

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