Cuento: “Mal Animal” M.Chiaverano

cebecera mal animal

Pequeño Homenaje a J.R.R Tolkien

Primera parte

Eran tiempos difíciles para la gente de la marca, los días amanecían cada vez más turbios y el humo de las almenas ya podía distinguirse en sueños. Pronto les caería encima la peor de las guerras, la más terrible de las calamidades. Hasta los padres de los padres de los niños se resignaron a desempolvar las espadas, a pertrecharse el alma. Decididos a no dejarse atropellar por la oscuridad, los seres de luz sobre la tierra media se prepararon para la guerra en el este.

 Como muchos, el padre del pequeño se fue en medio de la noche, a unirse con el resto de los éorlingas, quienes aguardaban impacientes por sumarse al ejército del oeste.

  En el cielo no había estrellas ni lunas, solo ceniza. Mientras los jinetes lidiaban con el miedo por la inminente batalla, la sombra llegó colándose a través de resquicios insospechados…

 El hijo del Rohirrim.

  El chico miope espió por la ventana del cuarto de sus padres. Vio al sol menguante de la tarde rodar bajo un cielo atiborrado de nubes púrpuras. No definió más que siluetas movedizas y nubladas de los matorrales. Buscó. Pero “eso” no estaba ahí. Sondeó afuera como si esperase que algún enorme “algo” surgiera de entre los pastizales.

-¡Pity!- gritó.

 Respondieron los insectos de media tarde, el viento enfermizo cargado de ceniza, las efervescencias sonoras del árbol del fondo,  la tarde nebulosa.

-Pity, ¡Contestame! – El niño llamó a su… no recordó qué.

 Ayudándose con el respaldo de la cama se puso de pie y redescubrió el dolor en la rodilla derecha. ¿Cómo me hice esto? Forcejeó con su memoria, le amenazó de muerte. Pero fue inútil.

-¡Pity!- volvió gritar desde la puerta. Llegó tambaleándose hasta la cocina. No había nada más que una pila equilibrada de artilugios culinarios. Platos, vasos, tazas y demás cubiertos sin lavar que se acomodaron bajo el influjo de la vibración del grito.

 Afuera se sacudió y crujió la hojarasca.

 Es nada más el viento, se dijo el pequeño.

 Silbó la puerta del patio.

Es nomás un viento pasando por el agujero, ahí donde la madera se pudrió

  Algún líquido goteó sobre los vasos, el tamborileo lo inquietó. Empezó a tener miedo.

 -¿Pity? ¿Mamá?

 -¿Pity?

  Repitió aquel nombre como si recitara una letanía, tan monótona que pronto empezó a perder el sentido. Pity debía de ser alguien importante… ausente,  tanto como sus padres.

 Si es que tengo padres… – Por alguna olvidada razón, el niño no se acordaba ni de él mismo. Gimió, lloró a su madre sin rostro.

 La vajilla le volvió a contestar, el viento se burló con ella. ¿Habría mañana alguna mano familiar para lavar esos trastos? Registró el resto de la casa tan despacio como su extrema carencia de visión se lo permitió. Ya no buscó a Pity ni a su madre, la cuasi ceguera le obligó a encontrar algo con forma de cuerpo, cualquier otro ser humano que lo sacara de la ciénaga de ojos desviados en la que se ahogaba. Sus manos no encontraron más que dureza. ¿Dónde estarán los cristales para ver que me dio el mago gris? ¿Por qué me dejaron solo?  Desempañó los vidrios de la puerta del patio, pero fue inútil ver a través de ellos. Otra vez, la sombra turbia del árbol del medio, el danzar de los pastos deformados, las carcajadas del viento entre los espinos…

Continúa: “Mal Animal, parte 2”

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Cuento: “El dibujante del pasado mañana” M.Chiaverano

cuento el dibujante

“Las parcas eran tres viejas sentadas en mecedoras, tejiendo y destejiendo el hilo de la vida, nosotros,  gatos de cola larga obsesionados con los ovillos… No tengo en este efímero instante una descripción mejor de la peor de nuestras estupideces: Creer en la bondad de los vaivenes, cuando pocos salen vivos o ninguno, de esta vida.”

-¿Qué leés ahí en las páginas blancas, hombre?

El dibujante no respondió. Le privó de la mediocre explicación léxica de su visión de futuros dibujos, de trazos en trastos, de quiebres sugerentes, del futuro gráfico del grafito. No le llevó a los densos lugares de su mente, donde veía sombras, ocultas en la blancura tenebrosa de lo no dibujado.

El otro lo siguió observando, a la espera de que algo pasara, que algo dijera, o hiciera, para que su vista apreciara maravillas, portentos, pronósticos.

Pero el dibujante, sólo por apenas un pequeño limbo, desvió la atención de las hojas y encendió un cigarro con forma de mecha de taladro, cuyo filtro no existía, cuyo aroma condensaba una niebla en derredor.

El otro, patético hasta al fin, cubierto de insalubre comezón, se atembloró con inquietud pidiéndole clemencia por tremenda ansiedad:

-¿Dónde están las palabras, los augurios, las profecías, los símb…?

Con un furtivo movimiento del brazo, el dibujante llegó demasiado rápido al vaso de agua sucia. Se la tomó de un solo trago y al volver a dejar el vaso sobre la mesa, el otro dio un respingo.

-No voy a escapar de las hojas. No puedo  –dijo el dibujante, sin levantar la vista, sin abandonar el equilibrio de su espalda curvada, sin respirar a destiempo y al unísono del tono de su voz, consumió la totalidad de la mecha. Y fue taladro. Y sería más herramientas después de un rato… barreno del tiempo, trazador de mundos.

Las sombras de la habitación de madera se generaron hacia arriba, y la luz en la punta del lápiz, la rueca de carbono, remarcó la semipenumbra en la pseudo-blanca celulosa. Dibujó dando golpes de kung fu a las caras pálidas del papel.

El otro quedo boquiabierto ante la destreza de las tomas. De a ratos perdió detalles por la velocidad sobrenatural del dibujante, pero aun así participó activamente de la contemplación del nacimiento de un vaticinio gráfico.

Silbó en el aire el envión que concretó la elipsis sobre el papel. Se descargaron furiosos picoteos y parecía espantar insectos invisibles para delinear horizontalidades. Así, por largo rato, la mano maestra guió a la herramienta y la herramienta al dibujante. Y el dibujante se cableó con el futuro y le arrancó unos cuantos signos.

-¿Qué va a pasar? ¡¿Qué va a pasar?!

No hubo respuesta a las preguntas. El dibujante cayó fulminado.

El otro no supo que hacer. Se le arrimó, le tomó el pulso en la muñeca de la mano que todavía aferraba al lápiz. No hubo calor, ni latidos.

Rato después, miró las hojas para ver lo que el dibujante había copiado del futuro… Y  de sus ojos perdió color, y de su pecho latidos…

FIN

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Cuento: “La misión (cuento de fin de año)” M.Chiaverano

Cuento "La misión (cuento de fin de año)

 La reunión se desarrolla en silencio (o en ausencia de voces, que es casi lo mismo) Sí, se escuchan unos cuantos gemidos, bufidos, y un ladrido ahogado. Ruido a tripas, algunas quejándose por hambre, otras zumbando de nervio. Los de la calle, y aquellos que entran y salen de sus cálidos hogares, tanto los mimados como los apaleados, todos por igual se reúnen en la casa derruida del baldío, como antaño hacían sus ancestros. Igual que entonces, el fuego arde en el interior de un tacho de aceite de doscientos litros abierto por la mitad.

 El jefe entra haciendo vibrar el piso, crea un terremoto solemne en el entorno. Su sola presencia de lobo antiguo basta para que el grupo se acerque a las brasas recién formadas, aun volcánicas, en el centro de la estancia.

 Esta noche están casi todos, “Yin”, “Yan”, “Buñuelo”, “Dalín”, “Calorro”, “Bianca” y a último momento llega levantando polvo desde detrás de una tabla floja: el “barba”.

 Hay otro mirando la reunión, un testigo divergente. Ellos no lo han visto, o él cree que no, porque está bien calladito, parapetado tras una ruina carcomida. A falta de ladrillos, buenos son los agujeros para que él, sea espectador de tan peculiar concilio.

 Merodeando hay dos gatos esqueléticos, pero jamás se atreverían a husmear en los asuntos del gran jefe y sus temerarios secuaces.

 Algo pasa. Se inquietan, giran, se mueven de un lado a otro. Es que discuten. Para cuando el espectador se percata de esto, la decisión ya está tomada. Es entonces cuando uno de los congregados alrededor de la luz se aparta del resto con la cabeza gacha. No es fácil ser el elegido, y aunque serlo es un gran honor, también conlleva la más arriesgada de las encomiendas.

 Tampoco puede el jefe elegir a otro. Carece de opciones. Buñuelo, Dalín y Calorro ya son veteranos, poseen la experiencia pero les falta estado físico. Bianca es muy pequeña, jamás podría llevar la carga. Yin y Yan tienen apenas unos años y son bastante irresponsables. El negro de graciosas barbas blancas en cambio, es maduro, bien alimentado, y a diferencia del gran jefe,  sus cuatro extremidades gozan de buen funcionamiento.

Barba…piensa el muchacho que se esconde tras la pared.

 Jefe dicta las últimas órdenes gestuales a los otros, y estos desaparecen en la noche. De pasada notan la presencia al intruso observador con sus narices, pero no le aperciben, porque le conocen y respetan al Barba. No…el intruso tiene derecho a estar ahí, a secundar al Barba, aunque no entienda del todo, aunque no pertenezca. Barba sabe que, salvando las distancias, podrían ser hasta parientes… Al que mira, tampoco le gustan las explosiones.

Es hora.

 Yin y Yan arrastran con dificultad, el “artefacto”. Éste consta de unos tanques de plástico unidos por un cinturón percudido. Están llenos de líquido transparente que se agita de un lado a otro y complica la tarea de subirlos al lomo del Barba. Al cabo de unos cuantos esfuerzos de mandíbulas apretadas, dejan preparado al elegido para la misión.

 Barba apenas si puede mantenerse en pie. Resiste el peso de ambos bultos y empieza a caminar en la dirección que le han marcado. Tiene miedo, está aterrado. Solo piensa en ser leyenda, y avanza firme. Piensa en salvar vidas, y no retrocede.

 Queda poco tiempo. Es ahora. No puede fallar, sino, mañana por la noche habrá taquicardias, temblores, faltas de aire, nauseas at nauseam, aturdimientos, pérdidas de control, accidentes…una sensación general de muerte. Barba sabía que hasta por él mismo, debía de tener éxito.

 Sale del baldío bamboleando los tanques, con paso lento pero seguro. Antes de llegar al objetivo del otro lado de la calle, mira a ambos lados para cerciorarse que nadie lo vea. Sus compañeros han estado vigilando los movimientos del enemigo, saben que el hombre de la casa vecina al objetivo saca la basura a las once y media de la noche. Hasta la mañana siguiente el barrio permanece dormido. Vuelve a mirar otra vez, es fin de año y quien sabe…

 ¿Dónde vas con eso, mi querido Barba? El espectador no entiende, pero tampoco interfiere. Es todo demasiado raro para él. Sigue a su amigo a una distancia prudente, lo ve luchar contra la gravedad de las cargas, lo ve cruzar al otro lado y llegar hasta el local. Odia ese lugar. Le recuerda a su padre y lo que las cosas de ese lugar le hicieron aquella nochebuena. Esta vez teme por Barba.

 El elegido deja caer los tachos en la vereda y se introduce por un costado del local, por un resquicio donde apenas cabe. Al final del angosto pasadizo encuentra el boquete practicado por Yin y Yan, disimulado por unas maderas. Empuja las tablas y vuelve sobre sus pasos, tira del cinto para arrastrar la carga al interior.

 La primera fase se completa, ya adentro huele el hedor de la mercancía. Barba no duda un segundo y se pone a trabajar mientras su fiel compañero, el “intruso que observa”, lo espera para llevarlo a casa apenas cumpla su misión.

23 de diciembre. 8 de la mañana.

 El hombre se levanta temprano y otea el horizonte por la ventana que da a la calle. Se satisface, porque las bolsas de residuos están intactas, por una vez, en el tiempo que llevaba viviendo en el barrio, ni perros ni gatos se las habían destrozado. Desayuna bastante bien, casi como lo haría un tipo rico, después de todo hoy planea vender lo suficiente como para bañarse con sales aromáticas mientras mira sus programas en una de esas teles gigantes. Termina el desayuno y se dirige satisfecho a reabrir el negocio. Empieza a sospechar algo raro cuando nota el charco de agua que se cuela bajo la puerta… Se apura, le tiemblan las manos y le cuesta manipular las llaves. Adentro, el misterio se revela en las narices del vendedor, quien de repente ve desmoronarse su sueño de baños perfumados y televisores enormes: alguien ha saboteado sus petardos, sus preciosas bengalas, alguien apagó sus mil fuegos antes que detonaran, algún hijo de mala madre mató a todos sus dragones, desactivó la totalidad de sus bombas, y con tal inundación, ninguna de las mechas surtiría jamás efecto alguno.

Estaba arruinado, por lo menos por aquel fin de año.  

FIN

Publicado por primera vez en la antología 2012

“De por acá nomás” 4ta edición

Ed. Felipe y Vicente Libros Rebeldes

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Cuento: “Estén alerta” M. Chiaverano

Cuento "Estén alerta" de M. Chiaverano

13:35 hs.

 Lloviznaba. La rueda de la bicicleta chirrió en una curva mojada y luego, encaró la avenida con una vuelta de pedal de más. No con un pedal etílico, si es que eso se supone. Era más bien borrachera existencial, la que lo empujó por la calle deslizante. Se olvidó o se distrajo del recuerdo útil en estos casos: el de la poca seguridad que ofrecían los frenos de su vehículo en días tan húmedos.

 13:37 hs.

Descendió por la loma en vertiginosa carrera de pensamientos. Morir, era la única certeza. Morir era la meta del que corre sin mirar, del que mira sin ver. Así fue como se comió la patente del coche que venía adelante y planeó, y en el vuelo tuvo una veloz reflexión, una estridencia pensada en el micro-intersticio anterior al vacío total del tiempo: la muerte de la muerte antes de morir.

Su bicicleta quedó detrás del auto, detrás del pensamiento. Él, siguió, con un impulso tal que hasta su físico pasó de largo. Vio a su cuerpo continuar el vuelo hasta el asfalto encharcado como si fuera un avión que se va con un familiar dentro.

Y él, lejos de su carne quedó.

Pero se equivocó al pensar que la maquinaria de huesos y sangre era lo importante.

Su espíritu cayó también del otro lado, muy cerca de la bicicleta, muy lejos de su cuerpo, sobre el baúl del automóvil. Fue una caída algodonada, extraña. Sin material carnoso, sin esqueletos, sin torceduras, carente de rellenos.

Quiso decir algo, pero no tuvo boca. Quiso verse, pero no tuvo ojos. Por último se palpó, pero nada palpó. Porque no tuvo manos. Ahí no había nada, sin embargo había algo. “Existo”, se dijo, pero no pudo comprobarlo.

Existió sobre el auto un muchacho que no podía ser. Después, fue sobre la bicicleta, que era de esos antiguos cachivaches de abuelo, un “camello” como le decían los antiguos. De pintura irregular, garabateada por un pintor de poca constancia, cuyos trazos coincidían de repente con las formas retorcidas del amasijo de caños en el que se había convertido con el choque. Simultáneamente, aquel matorral de hierros, también podía asociarse al cuerpo del pobre ciclista, o a las extrañas cavilaciones del ser que no sabía si existía.

Todo retorcido, enmarañado, confuso. Él no supo si era una bicicleta lo que veía (por no poder explicar el hecho de ver sin ojos)

Él ya no era una máquina de carne.

 

ANTES…

Entró a la casa y lo primero en encontrar fue una publicidad monocromática que se desprendió de la puerta al abrirse y flotó hasta el piso. Lo alzó y vio en letras grandes y blancas sobre un fondo negro que decía: “¿Puede usted sobrevivir al fin del mundo?” y en letras más pequeñas: “Estén alerta (Marcos 13:37)

Más tarde, subió a la bicicleta y salió disparado por la calle llovida.

Fin

bici

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Cuento: “Última losa” (M.Chiaverano)

 

Cuento: "última losa" (M.Chiaverano)

Perseguir al gato no le fue fácil. Entre la lluvia que caía y las ganas de patinar que tenían las baldosas, el patio pantanoso, único camino hacia casa, presentaba un verdadero reto.

La pileta azul en forma de riñón se pudría en los costados, las enredaderas secaban al limonero que ni un diluvio como aquel podía salvar.

 Perseguir al gato la llevó a meterse entre la maleza que nunca habían cortado y adivinar dónde era seguro pisar.

 De un impulso felino cubrió la distancia hasta la primera baldosa de cemento. Cual torre sin cimientos, tambaleó en una ola de lodo. Casi se precipita con la precipitación, hacia el piso movedizo.

 Mientras ella hacía morisquetas por el camino de las baldosas, el gato gris miraba como un puma, sobre el tapial, detrás del limonero. A veces cerraba un ojo. Había en él menos complicidad que expectativa. Se relamió, y a pesar de que a los de su especie no les apetece empaparse, no movió ni un milímetro de su cuerpo. La observó venir.Cuento: "Última losa" de M.Chiaverano

 La gata saltó y saltó, cada vez más cerca del limonero, del tapial y del gato. Tomó aire e hizo alarde de su estructura elástica para aterrizar sobre la grande y última loseta.

 ¡Imaginen la expresión de ella al hundirse, junto con la piedra, en una especie de piletón de chocolate de tierra derretida. Inútiles le resultaron sus uñas, las dúctiles extremidades, los alaridos! El suelo se la comió.

 ¡Imaginen: no imaginarse al monstruo del piso!

 ¡Imaginen! la satisfecha expresión del gato, al saber que aquella noche tormentosa, el ser del barro no buscaría más víctimas…

Fin

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Cuento: “23” (veintitrés) (M.Chiaverano)

Cuento: “23” (veintitrés) (M.Chiaverano)

Un hombre corrió por el medio de la calle llevando un chico en brazos.

Su hijo moría mudo, incapacitado de “Hablar.Versión.2.67” y sin la última actualización de “Caminar 1.2 beta“.

 Primero caducaron sus recuerdos.  Se le desactualizó tanto la memoria que dejó de retener nombres familiares. Eso entristeció mucho al padre, porque así había empezado su mujer, unos años atrás. Todo era su culpa se decía; o eso era lo que querían que creyera.

 Padre vivía en una ciudad donde los teclados o cualquier otro medio físico de interacción habían sido dejados de usar. Los tenían adentro. Cuando elevaron los precios de las actualizaciones, padre no pudo costear las nuevas versiones. Vendió su “Hablar. Ver. 3” a un precio elevado. Aun así no llegó a pagar ni la mitad ¡y ni siquiera pudo decírselo a Santi! Ni cuentos para dormir, ni retos, ni halagos, ni mínimos consuelos de voz pudo darle.

 Frente a la Compañía, se perdió en el monstruoso número de programas de renovación. A su Santi le faltaban el total de veintitrés.

 Santi respiró agitado, su padre corrió a más no poder. Bajó por la avenida principal, hasta la plaza deforestada donde se erguía un expendedor de tamaño y forma “ovelística”. El hombre no se detuvo, esquivó unos pilares de luz, enfiló al expendedor. Ya no había tiempo. Sudó frío, estaba muy cansado de correr sin parar los tres kilómetros que separan pueblo “Pueblo” y ciudad “Capital”.

 Marchó ligero, pero fue tarde.

 Santi no llegó a cargar Espíritu 5.0. Siguió vivo, pero muerto.

 En lo alto del edificio abandonado por malos cimientos, un padre se formateó las venas con una chapita de diskette antiguo. Mientras caía, despidiendo chorros contra la gravedad, formando un cometa de sangre, recibió en su máquina cerebral un mensaje. El expendedor de plaza deforestada le comunicaba:

 UD. debe actualizarse. Actualizarse. Actualizarse.

 A metros de culminar su viaje hacia el fondo, se desdobló en carcajadas.

 

Fin 33.3

 Publicado por primera vez en la revista de fantasía y ciencia ficción “Axxón” Nº186

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Cuento: “Los niños de abajo” (parte tres) (M.Chiaverano)

Cuento: Los niños de abajo (parte 3)

Le punzaron los ojos. El aire que llenó sus pulmones era más puro, con aromas extranjeros y hermosos nuevos sonidos. Ante ella se extendía un terreno más grande que cualquiera de los que existía en su tierra natal. Cientos, tal vez miles de kilómetros. La hierba verde-amarillenta lo cubría absolutamente todo hasta donde la vista le alcanzaba. Unas curiosas criaturas voladoras le llamaron poderosamente la atención, iban de aquí para allá saltando y llevando pajillas.

 Quedó anonadada por la inmensidad del firmamento azul profundo y cegada por la fuerte luz solar, a la que se acostumbró en varios minutos. Tanta luz… Era verdad, la otra existencia se encontraba ahí, lejos de ser leyenda. Los ancianos no mentían.

 Ruido. Lo percibió a lo lejos con cierta debilidad, luego se intensificó gradualmente, algo nuevo para Ninfania se acercó y no tenía nada que ver con las criaturas saltarinas. Lo pudo ver moverse por sobre los altos pastos a una velocidad inquietante. Se trataba de una cosa grande y escandalosa. Parecida a los gigantescos hacedores de luz de Abajo. Pero, ¿quién sabe? ¿Y si eso tenía vida?

 La cosa se encaminó directo a Ninfania. Ella, curiosa e intentando ser lo más amable posible con los habitantes del nuevo mundo, saludó riendo a la mole de color roja.

 El ser no respondió, se limitó a proseguir su camino. Pisoteó los grandes pastizales y pasó sobre el delicado cuerpo de Ninfania, quien no tuvo tiempo de emitir siquiera un lamento final.

 

Ricardo sintió un brusco movimiento anormal de la cosechadora y enseguida cortó la ignición. La maquinaria escupió unas cuantas quejas y se detuvo.

“¡Mierda!, algo se trabó en las cuchillas otra vez…” pensó indignado. Bajó de la cabina. Fue abriéndose paso en el maizal hasta la parte delantera del aparato.

Vomitó varias veces al ver aquella monstruosidad entre las aspas. Llamó a su jefe por celular, sin dejar de contemplar los largos brazos lechosos, llenos de nauseabundas manchas negras. Larga y puntiaguda la cola escamada…

Estaba muerta, esa cosa estaba muerta, el hecho lo tranquilizó.

 

FIN

“Los niños de abajo”, cuento escrito en 1995,  publicado por primera vez en la revista Axxón Ciencia ficción, el 6 de mayo de 2010.