Nuevo cuento: “Otoño en el panteón de los libros”

Ya es posible leer online el cuento “Otoño en el panteón de los libros“, de Max Chiaverano, publicado en la antología de editorial Pelosdepunta en 2016.

Haz clic en la imagen para leer.

Otoño en el panteón de los libros

 

Regalo de Fin de Año: “Anatema Carmesí” Completo en pdf

Regalo

¡Saludos, seguidores de Legado Hereje! Como regalo de fin de año y en vísperas de la publicación de la segunda entrega de la trilogía, les dejo el libro “Legado Hereje Vol. 1: Anatema Carmesí” para descargar completo en formato pdf y de forma totalmente gratuita.

Espero que lo disfruten.

 

Mis bendiciones, queridos lectores.

 

Maximiliano A. Chiaverano – 2016

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FECHA DEL SORTEO REVELADA

Promo Legado Hereje vol1

El 24 de agosto se llevará a cabo el sorteo de los 3 ebooks de “Legado Hereje vol. 1 : Anatema Carmesí”. Si todavía no participaste, aun hay tiempo… haz click en: PARTICIPAR DEL SORTEO

¿Por qué el 24 de agosto?

Tras su aprobación en el Senado y la Cámara de Diputados de la Nación, se instituyó finalmente la fecha 24 de agosto como “Día del Lector”, en conmemoración y homenaje al día del natalicio del escritor argentino Jorge Luis Borges. El proyecto de ley, impulsado por el senador porteño Samuel Cabanchik (Proyecto Buenos Aires Federal), fue aprobado por unanimidad en ambas cámaras.

La ley promulgada tiene el fin de promover la lectura y la democracia a través de la realización en dicha fecha de actos de divulgación de las letras y de reconocimiento a la obra y a la trayectoria de la máxima figura de la literatura nacional.

El texto del proyecto menciona una recordada frase que Borges escribió en su poema “Un lector”: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito, a mí me enorgullecen las que he leído”.

Fuente: infobae

“La copia” parte 2/2 – Cuento -M.Chiaverano

cabecera la copia parte 2

Haz click aquí para leer la primera parte

Parte 2/2:

 Su madre le sirvió el almuerzo mientras él cotejaba ambos artículos. Uno con una nota sobre un choque y el otro con un derrumbe. Uno con fecha 20 de abril y el otro, 23 de abril.

 “¡Tres días en el futuro! ¿Será posible?”

 -¿Qué leés?-preguntó la madre.

 -No me jodas Rita -contestó él.

  Ella por su parte meneó la cabeza y le dejó el plato enfrente, evitando tener mas roces con su hijo. Para Nico, cualquier enojo había pasado de repente a un segundo plano.

  Otra prueba, necesitaba otra prueba “Qué mejor que el diario de hoy” se dijo.

  Después de comprar la edición del día, montó en su bicicleta hacía la librería.

  -¡Hola Manuel! -saludó sin poder ocultar la ansiedad. Haceme una copia de esto -abrió el periódico al azar y se lo entregó. Bastaba que salieran las fechas. Unos silbidos acompañaron la cegadora luz que pasó bajo el original. Segundos después, la esperada fotocopia salió escupida con violencia por la ranura del lado opuesto.

  -Listo. Acá tenés tu copia de… ¿y esto para qué lo fotocopiás? -preguntó sorprendido Manuel, frunciendo la nariz como si el papel oliera mal.

  -Otro trabajo para la escuela. No paran de darnos tarea…

  Cotejó las fechas y, como era de esperarse, la copia pertenecía a unos días en el futuro. Lo único que interesaba: ¡la fecha decía 3 de octubre y todavía era apenas la tarde del 1 de octubre!

  “Imprime el futuro. Imprime el puto futuro…” La frase resonó en su cabeza cual campanas retorcidas, etéreas, mágicas.

 -Nico, tengo que hablar con vos –le dijo la madre cuando volvió a su casa.

 -¿Y ahora qué?

 -Voy a ir al médico más tarde, tengo que hacerme un chequeo. Preferiría que te quedases en casa porque tienen que traerme el pedido del supermercado.

 “Imbécil…Tengo mil cosas que hacer, mil cosas que pensar…”

  El chico respondió con un “si” adornado por insultos irreproducibles.

  Rita reprimió una respuesta, estaba demasiado triste, agotada. Bajó la vista y siguió fregando la cocina como si eso la sedara.

 -Mierda -volvió a insultar él, a sabiendas que tendría que quedarse toda la tarde y quizás parte de la noche sin salir. Se encerró en el agujero que tenía por pieza y guardó la página fotocopiada en el cajón del escritorio, se tiró en la cama y meditó.

   Su madre volvió tarde y fue directo a recostarse.

   Llegó la hora de la cena y a Nico le molestó no sentir aroma a comida.

  -¿Pero qué te pasa?, ¿Estás enferma?-le preguntó a Rita, indignado porque ella no se  había levantado a cocinarle.

 -No, nada, estoy un poco mareada nada más. En la heladera hay un poco de pollo frío que sobró del mediodía, sacalo y…

 -No voy a comer ese pollo reseco. Es asqueroso -dijo él y volvió a su habitación.

  Se dejó caer en la cama otra vez.

 “En unos días voy a comer mucho más que pollo frío. Voy a cenar exquisiteces en un restorán. Mañana compro el diario, fotocopio la página de los números de quiniela y en no más de tres días, cuando gane el dinero suficiente, compro todo lo que quiera, incluso, el aparato mágico del librero…si, voy a ser muy rico” fantaseó y fantaseó hasta que el sueño le venció.

  Por la mañana, un poco incómodo por haber dormido vestido, y con las tripas regulando, se levantó y fue al baño. No pensaba asistir a clases. En realidad no pensaba volver a clases. Salió corriendo a buscar un kiosco de revistas, cegado por las imágenes mentales de puro lujo. Y olvidó su casa, olvidó a su madre, olvidó la copia que había dejado en el cajón del escritorio la noche anterior: Una página de obituarios del 3 de octubre, donde un nombre encabezaba la larga lista…

 Levand Nicolás Fidel (q.e.p.d) Falleció ayer 2 de octubre de 2002. Su madre Rita, y demás familiares que lo aman lo recordarán con amor. Sus restos serán velados mañana a las 22 horas en la sala velatoria S.P.

 

FIN

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“La copia” parte 1- Cuento -M.Chiaverano

Cuento "La copia" de Max. Chiaverano

Parte 1

Nicolás Levand corrió hasta la esquina de la escuela en donde había una librería. Era una de las más antiguas de la ciudad y la que mejor trabajaba, tenía buenas máquinas fotocopiadoras y excelente stock de artículos.

 Metió el fajo de diarios bajo el brazo y procuró que no se cayera. Antes de entrar al local, vio un camión pintado de blanco con la insignia de una fábrica de aparatos electrónicos para oficina.

 -Hola Antonio -saludó al viejo. Éste limpiaba estanterías en lo alto, haciendo equilibrio en una escalera desvencijada.

 -¡Ah, Señor Levand! ¿Cuántas copias tiene para hoy?- preguntó, acomodándose el par de lentes gruesos con montura de plástico.

-Unas cuantas.

 Bajó de la escalera y se puso los lentes en la punta de la nariz. Miró los recortes. Eran de diferentes diarios, todos nuevos, de ese mismo día.

-Voy a necesitar una de cada una, doble faz.

 El viejo le dio una miradita a la caja del piso, a un lado del mostrador, ésta llevaba el mismo símbolo extraño que el camión de afuera.

-Mirá, el tema es así: tengo que desembalar una fotocopiadora nueva que me llegó recién. Pero no te preocupes, mañana temprano las te las tengo  listas.

 -Bueno, no hay problema –le respondió Nico a regañadientes, pensando que podía ir a otra librería pero no tenía ganas. Dejó los originales y se fue.

 Como era de esperarse, puesto que era hombre de palabra y muy trabajador, a las siete de la mañana el hombrecito ya tenía las copias, en un sobre de papel madera y con el nombre Nicolás L. escrito con fibra negra.

-Uuuuhh…excelente máquina, uuuuhh…excelente calidad de copia -dijo el viejo, alabando el resultado de su nueva tecnología.

 La sorpresa llegó poco después, ya estando en el colegio, cuando extrajo las reproducciones para hacer el trabajo práctico. A las claras se notaba que los originales y las fotocopias no coincidían en absoluto.

-No puede ser…, Antonio jamás se confunde de ésta manera- le comentó a Marco, su compañero de banco quien lo miraba perplejo.

-Bueno, parece que al viejo le empezó a patinar -expuso Marco, atornillándose con el índice la sien.

 Más tarde fue hasta la esquina a pedir explicaciones.

-Antonio, se equivocó de fotocopias –se quejó el chico.

 El hombre le recibió los papeles y antes de mirarlos preguntó:

-¿Estás seguro pibe?

-¡Por supuesto!, mire, los originales son diarios de ayer y éstas fotocopias son todas de ejemplares de hoy. Usted tiene que haber sacado copias de algún trabajo que le trajeron esta mañana. Yo tengo que hacer el trabajo con las notas que le indiqué ayer.

El muchacho notó vestigios de desconcierto en el rostro del dueño de la librería, quien revisó otra vez las impresiones, una por una.

-Es cierto, pero…es imposible. Éste trabajo lo hice anoche, mientras probaba la nueva máquina. Además, nadie dejó ningún encargo hoy, aunque… puede ser… mmmhhh, que se yo, ya me estará empezando a fallar la cabezota…

 Nico se quedó pensando unos segundos y después sacó de entre las carpetas que llevaba, un artículo extractado del diario del 20 de abril de 1980. Necesitaba probar lo que su imaginación suponía.

-A ver…, no importa. Necesito que me saque una copia de esto para el examen de historia.

 Antonio tomó el recorte original y lo acomodó dentro del aparato, bajó la tapa, le dio un golpecito al botón y se distrajo con otro cliente que acababa de entrar. Nico, en cambio, esperó la copia en la bandeja de salida del otro lado del aparato…

-¡Fascinante…! -se dijo, mientras sostenía la copia del artículo entre los dedos.

 El librero despidió al cliente y volvió a la fotocopiadora. Retiró el artículo original y se lo entregó a Nicolás.

-¡Ah, la copia ya la agarraste vos! ¿Y? ¿Salió bien ahora?

-Sí, sí don Manuel, salieron bien…

 Lo que tenía entre las manos pasó de ser simple papel impreso a la prueba de que algo increíble encerraba la copiadora nueva de Manuel. Lo guardó en la carpeta y volvió a su casa pensando a grandes velocidades…

Continúa: “La copia” parte 2

Cuadro de la cabecera: “Reproducción prohibida” de René Magritte

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“La verdad del unicornio”- Cuento -M.Chiaverano

La verdad del unicornio - Cuento

 Ana estaba acostada, eran las doce y media. Tenía once años y seguía temiéndole a la oscuridad del cuarto. La pequeña estancia apestaba a pintura vieja con trazas de humedad ridícula.

 A pesar de los esfuerzos en refaccionarla, la casa se perpetuaba antigua. Los fantasmas no renegaban de aquella construcción centenaria, pero cierto sello de protección evitaba que invadieran los dormitorios. Lo mismo en el patio, para que los insectos no destruyeran las flores, la cerca, la casa, la familia. El padre de Ana había consultado al hechicero la semana pasada. No quería dejar a sus seres queridos sin defensa por los dos meses que duraba la temporada de cacería de licántropos.

 «Pero si ahí no puede haber nada, no tengo por qué tener miedo» se intentó convencer, aun así se llevó la manta hasta la nariz sin dejar de examinar la negrura. Ni bien la madre apagó la luz y se retiró, los empezó a sentir. Rodearon la cama, le acecharon. No quiso llorar, tampoco pidió ayuda.

  «Soy bastante mayor para estas cosas» pensó.

  Ellos interrumpieron su sueño esa noche.

 Aterrada, sintió que le apretaban la punta del dedo gordo del pie derecho. Enseguida se retrajo. Los ojos se le acostumbraron a las tinieblas y logró ver sus siluetas correteando por todos lados. Contó tres. Silenciosos, rápidos, apenas sombras yendo de un lado a otro, danzando como espectrales retratos del más allá. Ella cerró fuerte los ojos y se tapó la cabeza con la almohada esperando que se fueran y la dejarían en paz de una vez.

 Se asomó un poco, seguían ahí.

 -¡Váyanse!- imploró en un murmullo casi imperceptible.

  Ellos la escucharon claramente y la ignoraron.

 El miedo le chorreaba hasta por el último de sus poros. Era pleno invierno, temperaturas bajo cero y Ana sudaba. Pensó que su cama, una minúscula isla en mares sombríos, no le salvaría de ellos.

 -¿Q…Q…Qué quieren?

  Silencio. Ninguna respuesta.

 Escudriñó a su alrededor, ya no los veía. ¿Un sueño? Pero… ¿soñar despierta? Le llevó unos cuantos minutos volver a destaparse y casi una hora más para animarse a bajar de la cama.

«Ya se fueron, voy a encender la luz y a dormir toda la noche»

  Avanzó despacio, tambaleándose en la penumbra con los brazos estirados para alcanzar lo antes posible el interruptor. De pronto: el horror., el pánico. Sensaciones que cualquiera tendría si, como a ella, unos dedos helados le sorprenden tocándole la pantorrilla a medio camino de la única fuente de luz…

  Ana escuchó una leve respiración que se coló bajo la suya. No se movió, aunque quiso.

 «¡No hay donde ir, me tienen, esperaban, esperaban  que hiciera esto!»

  Además de la manito gélida que tocaba sus pies, otras le asieron de las manos y tiraron de ella con fuerza pero sin violencia, arrastrándole lentamente al rincón más oscuro, hacia el armario; y Ana se dejó guiar sin objeción. Buenos o malos, ella sabía que pronto descubriría sus verdaderas intenciones. Mientras tanto imaginó sus rostros, asquerosos y grotescos como en las historias. Arrugados, ajados, de pieles verdosas, cejas peludas y negras cubriéndoles la mayor parte de sus cabezas babosas.

  Ellos abrieron las puertas del mueble, lo supo por el chirrido de las bisagras. Después de todo, sus terrores tendrían al fin fundamento. Pronto conocería a los monstruos del armario.

  Los escuchó dentro de su cabeza. Tan dulces y armoniosas eran sus vces que le fue imposible resistirse:

 «No te asustes, Ana. Nada malo te va a pasar, acompáñanos a ver y a sentir el otro lado»

  Abandonando apenas un poco el temor. Ana accedió. En ese instante la empujaron suavemente al interior del mueble. Al principio, continuó el aislamiento y la oscuridad, percibió el aroma a madera vieja y el crujido de las tablas bajo la presión de sus pies. Después, un brillo incandescente la cegó. Cuando la luz se retiró, pudo ver la cortina de pana roja. Caminó unos pasos y se encontró en un espacio diferente, un lugar ajeno a la casa, lleno de humo. Volteó,  no existía ningún armario.

 Cuando Ana apareció de entre las sombras, la persona frente a ella se levantó de golpe y se dio la cabeza contra el tubo fluorescente. Asustado como Ana, ese hombre que escribía en su computadora portátil, dio un paso atrás, hizo caer la silla y balbuceó palabras de asombro y desconcierto.

Ana tembló, su estrecha mente pretendió entender, pensar que tal vez, después de todo fuese un sueño. Pero no, no era eso…

 El anciano señaló nervioso la pantalla titilante del monitor, hacia las letras que conformaban el texto escrito por él mismo. Parecía como si quisiera que Ana lo leyera. Sin bajar la guardia, ella se acercó, y leyó:

  “Ana estaba acostada, eran las doce y media. Tenía once años y seguía temiéndole a la oscuridad del cuarto. La pequeña estancia apestaba a pintura vieja con trazas de humedad ridícula. A pesar de los esfuerzos en refaccionarla, la casa se perpetuaba antigua. Los fantasmas no renegaban de aquella construcción centenaria…”

  Ella, releyó una y otra vez cada línea. La niña y el viejo se miraron atónitos.

  Sin tiempo de hablar o de elaborar hipótesis, “ellos” se materializaron en la habitación para maravilla de ambos humanos. Eran tres, uno más grande que el otro, de orejas levemente puntiagudas que sobresalían de matorrales de pelo negro. Los rostros, de textura perfecta, lisa como las de un recién nacido. Sus bocas sin labio, cerradas. Los ojos… grandes, amarillos, desprovistos de pestañas, les miraron.

  Los pensamientos llegaron a oleadas y con delicados y tiernos sonidos que solo podían ser reproducidos por seres como ellos.

 «Anciano, cuidá de esta niña, así debe ser. Por ahora guardá el secreto, el conocimiento tangible de que existe el mundo que imaginás.»

 El hombre juntó valor y preguntó. Los diminutos seres le respondieron siseando a coro:

 «No, no, viejo, la imaginación como vos la concebís no existe, son recuerdos de un mundo perceptible, verdadero, paralelo al tuyo. Recordá que esos monstruos, seres raros y locuras por el estilo, son reales de donde viene Ana. Cada vez que podemos, sacamos alguno de esas tierras y los traemos acá, donde viven lejos de algunos peligros. Ana se acordará de lo que vos, simplemente supondrás. Te elegimos porque los que son como vos, “suponen” mejor que otros, y nos ayudan a pasar»

 Las entidades verduscas comenzaron a desvanecerse lentamente hasta que los dos humanos quedaron frente a una pared vacía.

  Ana creció en un cosmos en continuo contraste con el suyo, libre de dragones, de molestas cosas gelatinosas, de hombres lobo e insectos gigantes. Y el escritor, entendió que sus libros fantásticos eran en verdad, extensos textos de historia, historia auténtica.

 ¿Entonces… no existen monstruos en tu mundo, abuelo?

 FIN

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“La duda”- Cuento- M. Chiaverano

cabecera la duda

“Habla conmigo, viejo perro blanco,

habla conmigo, ladra tu quebranto…

cuando quieras, olvidarlo… tu quebranto…”

 “Niño condenado”

Luis Alberto Spinetta.

 

Entró a la tienda esperando ahogarse adentro. Traspasó el umbral y antes de observar el interior, se aseguró que la entrada no desapareciera. No lo hizo. Adentro había dos esterillas de mimbre dispuestas una frente a la otra. La luz que las dejaba ver procedía de un sol de noche con los vidrios de la carcasa engrasados. Él se sentó y cruzó las piernas para descansar.

  Rato después entró un perro blanco. Silencioso, cabizbajo, dio una vuelta sobre la otra esterilla y también reposó. Sin perder el porte, con la barbilla levantada, el dogo midió al explorador. Hipnotizados, ambos se quedaron esperando, hicieron competir silencios.

 Tras unos instantes llegó el nativo, se arrodilló a la par del perro.

 -Pido disculpas por mi intromisión -dijo el forastero. Vine en cuanto supe que uno de ustedes todavía conservaba algo de las formas antiguas.

  Nadie respondió.

 -Vine porque se me ha dicho que usted es capaz de responder a ciertas preguntas…

  Tanto el perro como el nativo mantuvieron una especie de trance inalterable.

 -Vengo desde lejos buscando conocimientos. Se me reveló la existencia de los últimos guardianes de la forma antigua. Mi espíritu inquieto quiere borrar algunas dudas.

 -¿Y por qué quiere saberlo?- preguntó el hombre de piel tostada.

 -Por aquellos que merecen respeto.

  Fueron analizadas, sopesadas, barajadas, meditadas y al fin, las palabras del explorador tuvieron algún efecto: la aprobación de aquel que aún guardaba la forma antigua.

 -Pregúntele, entonces.

 El explorador se dirigió al gran can:

 -¿Por qué los perros le ladran a las ruedas en movimiento?

 –Hace milenios,-empezó diciendo el perro, con voz profunda y bien modulada- hace milenios de incontables formas, nosotros fuimos otros. Éramos otros cuando llegaron ellos. Ellos cayeron para dominarnos, para cambiarnos la forma. Se movían lento, pero imparables. Enormes como edificios eran las ruedas metálicas que rompían la piedra y creaban terremotos y desiertos. Para nosotros, sus máquinas de guerra eran en sí circunferencias del diámetro de una luna, de la dureza del peor hueco de corazón…  Avanzaron sobre nuestra gente, pisotearon nuestra cultura. Exterminaron a los que habían nacido antes, y a los que crecerían después.

 El perro hizo una pausa, cerró los ojos y agregó:

 -A esos monstruos…toda rueda nos los recuerda…por eso ladramos, por eso ladramos.

FIN

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