Lágrima Nativa

Lágrima Nativa- M. chiaverano

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“La duda”- Cuento- M. Chiaverano

cabecera la duda

“Habla conmigo, viejo perro blanco,

habla conmigo, ladra tu quebranto…

cuando quieras, olvidarlo… tu quebranto…”

 “Niño condenado”

Luis Alberto Spinetta.

 

Entró a la tienda esperando ahogarse adentro. Traspasó el umbral y antes de observar el interior, se aseguró que la entrada no desapareciera. No lo hizo. Adentro había dos esterillas de mimbre dispuestas una frente a la otra. La luz que las dejaba ver procedía de un sol de noche con los vidrios de la carcasa engrasados. Él se sentó y cruzó las piernas para descansar.

  Rato después entró un perro blanco. Silencioso, cabizbajo, dio una vuelta sobre la otra esterilla y también reposó. Sin perder el porte, con la barbilla levantada, el dogo midió al explorador. Hipnotizados, ambos se quedaron esperando, hicieron competir silencios.

 Tras unos instantes llegó el nativo, se arrodilló a la par del perro.

 -Pido disculpas por mi intromisión -dijo el forastero. Vine en cuanto supe que uno de ustedes todavía conservaba algo de las formas antiguas.

  Nadie respondió.

 -Vine porque se me ha dicho que usted es capaz de responder a ciertas preguntas…

  Tanto el perro como el nativo mantuvieron una especie de trance inalterable.

 -Vengo desde lejos buscando conocimientos. Se me reveló la existencia de los últimos guardianes de la forma antigua. Mi espíritu inquieto quiere borrar algunas dudas.

 -¿Y por qué quiere saberlo?- preguntó el hombre de piel tostada.

 -Por aquellos que merecen respeto.

  Fueron analizadas, sopesadas, barajadas, meditadas y al fin, las palabras del explorador tuvieron algún efecto: la aprobación de aquel que aún guardaba la forma antigua.

 -Pregúntele, entonces.

 El explorador se dirigió al gran can:

 -¿Por qué los perros le ladran a las ruedas en movimiento?

 –Hace milenios,-empezó diciendo el perro, con voz profunda y bien modulada- hace milenios de incontables formas, nosotros fuimos otros. Éramos otros cuando llegaron ellos. Ellos cayeron para dominarnos, para cambiarnos la forma. Se movían lento, pero imparables. Enormes como edificios eran las ruedas metálicas que rompían la piedra y creaban terremotos y desiertos. Para nosotros, sus máquinas de guerra eran en sí circunferencias del diámetro de una luna, de la dureza del peor hueco de corazón…  Avanzaron sobre nuestra gente, pisotearon nuestra cultura. Exterminaron a los que habían nacido antes, y a los que crecerían después.

 El perro hizo una pausa, cerró los ojos y agregó:

 -A esos monstruos…toda rueda nos los recuerda…por eso ladramos, por eso ladramos.

FIN

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