Cuento: “Mal Animal” (Parte 2) M.Chiaverano

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Pequeño Homenaje a J.R.R Tolkien

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Segunda parte

El niño volvió a la habitación de los padres. La vio nublada, manchada, y toda por triplicado. Acarició forzosamente cada mueble, cada rincón, quiso toparse con los ojos artificiales. Pero no tuvo suerte. Continuó perdido en su propia casa, náufrago de vista.

Atardeció más opaco de lo normal para aquellas tierras. Y con la noche llegaron los sonidos. Cada chasquido, sorprendió al infante Rohirrim. De a poco le dieron espasmos. Lloró y lloró y balbuceó. Mamá, mamá, ¿dónde, dónde, dónde estás? Recitó en voz baja oraciones a la mitad. De nada sirvió. Su madre había faltado mucho, demasiado tiempo como para que su fe enclenque pudiera sostener batallas imposibles contra aquél terror.

 Nadie va a venir, nadie va a venir – pensó.

  Tronó el cielo, y la torre de vajilla volvió a tintinear, un cuchillo mal puesto se desmoronó, cucharas desequilibradas alardearon de su existencia. Todo sonido cobró sentido aterrador para el pequeño amnésico escondido en el armario. Se quedó en silencio, a oscuras, frotándose la rodilla derecha. ¿Con qué me golpeé?

 Enredado en pieles de oso, clamó a sus dioses que le devolvieran la luz, o a su madre, o a ¿Pity?, o sus cristales para ver… pidió demasiado. Los suyos parecían ser dioses fofos, lentos, tontos o muertos.

 -Mamá. Mamá… – Invocó a la única pseudo divinidad que conocía, pero ésta tampoco respondió. Se encontró solo por primera vez, y se dio cuenta de que estaba perdido.

 Refugiado dentro del mueble, el niño rezó, lloró, gimió. Pensó. Empezó a retroceder despacio con su mente, buscó en la memoria los recuerdos perdidos. Intentó reconstruir más o menos algo… ¿Qué era lo último que recordaba del día de ayer? El patio. La primavera. El sol. Los pastos altos. El camino de piedras que lleva al fondo del patio y a la casillita de atrás, y a su…Pity. Pity…el nombre le trajo imágenes fluctuantes que se ennegrecieron enseguida, como todo lo demás. No eran visiones de pájaros ni frutas, sino sueños turbios y pesadillas de indomables contrastes. Se recordó a sí mismo ladrándole a su madre. Por fin, el rostro de ella se le manifestó en la memoria. ¿Una cara? Sí, una cara y un desastre terrible. Los griteríos de su madre, ella decía algo inentendible, irrecordable. ¿Reproches? Sí. La recordó enojada por algo que él había hecho… ¿O el culpable era Pity…? Se esforzó más, recordar era más fácil que enfrentar la realidad. Fue segundos antes de resignarse al olvido, que el ruido le sobresaltó. La puerta de la cocina explotó para adentro y el niño ya no pudo autoengañarse con el viento ni tapar soles con pulgares. Debajo del bramido tormentoso escuchó pezuñas. Filosas, y eran muchas y rasguñaban el mosaico buscando lo que el olfato ya había encontrado. El animal entró a la casa como espectro hambriento de aire, y de algo más.

 En su rompecabezas-mnemotécnico-infantil, la madre estaba enojada por algo, algo que él inocentemente había ocultado.

 Gritó la madre en la memoria de su hijo. Gritó porque ya era tarde para soluciones, porque, por haberla alimentado bien, la criatura había desarrollado sus instintos con tremenda celeridad, y crecido mucho… mucho

 “Muy lindo, muy tierno Pity, pero como ni mamá ni papá quieren mascotas dentro de la casa, vas a tener que dormir calladito en el granero” -le había dicho el niño al cachorrito, tiempo atrás, después de encontrarlo en el bosque.

 “Pobre cachorrito, estás perdido, tenés hambre, tenés sed…

 Pity se abrió camino a zarpazos en la madera, hacia el pequeño bocado. Todos los recuerdos reprimidos en el bocado, quedaron bruscamente relajados. El niño ya no intentó recordar. Aun así, muy lejos, en lo que todavía quedaba de memoria, gritó la madre. Gritó por el irremediable error de su hijo: confundir perros con 1Wargos.

 FIN

 1Wargos, huargos. La mayoría de las veces, con este término se hace referencia a los gigantescos lobos parlantes que Sauron crió como cabalgadura para los orcos.

Pity Abreviatura de Pitya (Quenya) Pequeño/a

(Ambos términos fueron extraídos del Diccionario Enciclopédico Tolkien, F.Schneidewind. Ed.Plaza&Janés editores – 2003)

 

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Cuento: “Mal Animal” M.Chiaverano

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Pequeño Homenaje a J.R.R Tolkien

Primera parte

Eran tiempos difíciles para la gente de la marca, los días amanecían cada vez más turbios y el humo de las almenas ya podía distinguirse en sueños. Pronto les caería encima la peor de las guerras, la más terrible de las calamidades. Hasta los padres de los padres de los niños se resignaron a desempolvar las espadas, a pertrecharse el alma. Decididos a no dejarse atropellar por la oscuridad, los seres de luz sobre la tierra media se prepararon para la guerra en el este.

 Como muchos, el padre del pequeño se fue en medio de la noche, a unirse con el resto de los éorlingas, quienes aguardaban impacientes por sumarse al ejército del oeste.

  En el cielo no había estrellas ni lunas, solo ceniza. Mientras los jinetes lidiaban con el miedo por la inminente batalla, la sombra llegó colándose a través de resquicios insospechados…

 El hijo del Rohirrim.

  El chico miope espió por la ventana del cuarto de sus padres. Vio al sol menguante de la tarde rodar bajo un cielo atiborrado de nubes púrpuras. No definió más que siluetas movedizas y nubladas de los matorrales. Buscó. Pero “eso” no estaba ahí. Sondeó afuera como si esperase que algún enorme “algo” surgiera de entre los pastizales.

-¡Pity!- gritó.

 Respondieron los insectos de media tarde, el viento enfermizo cargado de ceniza, las efervescencias sonoras del árbol del fondo,  la tarde nebulosa.

-Pity, ¡Contestame! – El niño llamó a su… no recordó qué.

 Ayudándose con el respaldo de la cama se puso de pie y redescubrió el dolor en la rodilla derecha. ¿Cómo me hice esto? Forcejeó con su memoria, le amenazó de muerte. Pero fue inútil.

-¡Pity!- volvió gritar desde la puerta. Llegó tambaleándose hasta la cocina. No había nada más que una pila equilibrada de artilugios culinarios. Platos, vasos, tazas y demás cubiertos sin lavar que se acomodaron bajo el influjo de la vibración del grito.

 Afuera se sacudió y crujió la hojarasca.

 Es nada más el viento, se dijo el pequeño.

 Silbó la puerta del patio.

Es nomás un viento pasando por el agujero, ahí donde la madera se pudrió

  Algún líquido goteó sobre los vasos, el tamborileo lo inquietó. Empezó a tener miedo.

 -¿Pity? ¿Mamá?

 -¿Pity?

  Repitió aquel nombre como si recitara una letanía, tan monótona que pronto empezó a perder el sentido. Pity debía de ser alguien importante… ausente,  tanto como sus padres.

 Si es que tengo padres… – Por alguna olvidada razón, el niño no se acordaba ni de él mismo. Gimió, lloró a su madre sin rostro.

 La vajilla le volvió a contestar, el viento se burló con ella. ¿Habría mañana alguna mano familiar para lavar esos trastos? Registró el resto de la casa tan despacio como su extrema carencia de visión se lo permitió. Ya no buscó a Pity ni a su madre, la cuasi ceguera le obligó a encontrar algo con forma de cuerpo, cualquier otro ser humano que lo sacara de la ciénaga de ojos desviados en la que se ahogaba. Sus manos no encontraron más que dureza. ¿Dónde estarán los cristales para ver que me dio el mago gris? ¿Por qué me dejaron solo?  Desempañó los vidrios de la puerta del patio, pero fue inútil ver a través de ellos. Otra vez, la sombra turbia del árbol del medio, el danzar de los pastos deformados, las carcajadas del viento entre los espinos…

Continúa: “Mal Animal, parte 2”

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