Cuento: “El dibujante del pasado mañana” M.Chiaverano

cuento el dibujante

“Las parcas eran tres viejas sentadas en mecedoras, tejiendo y destejiendo el hilo de la vida, nosotros,  gatos de cola larga obsesionados con los ovillos… No tengo en este efímero instante una descripción mejor de la peor de nuestras estupideces: Creer en la bondad de los vaivenes, cuando pocos salen vivos o ninguno, de esta vida.”

-¿Qué leés ahí en las páginas blancas, hombre?

El dibujante no respondió. Le privó de la mediocre explicación léxica de su visión de futuros dibujos, de trazos en trastos, de quiebres sugerentes, del futuro gráfico del grafito. No le llevó a los densos lugares de su mente, donde veía sombras, ocultas en la blancura tenebrosa de lo no dibujado.

El otro lo siguió observando, a la espera de que algo pasara, que algo dijera, o hiciera, para que su vista apreciara maravillas, portentos, pronósticos.

Pero el dibujante, sólo por apenas un pequeño limbo, desvió la atención de las hojas y encendió un cigarro con forma de mecha de taladro, cuyo filtro no existía, cuyo aroma condensaba una niebla en derredor.

El otro, patético hasta al fin, cubierto de insalubre comezón, se atembloró con inquietud pidiéndole clemencia por tremenda ansiedad:

-¿Dónde están las palabras, los augurios, las profecías, los símb…?

Con un furtivo movimiento del brazo, el dibujante llegó demasiado rápido al vaso de agua sucia. Se la tomó de un solo trago y al volver a dejar el vaso sobre la mesa, el otro dio un respingo.

-No voy a escapar de las hojas. No puedo  –dijo el dibujante, sin levantar la vista, sin abandonar el equilibrio de su espalda curvada, sin respirar a destiempo y al unísono del tono de su voz, consumió la totalidad de la mecha. Y fue taladro. Y sería más herramientas después de un rato… barreno del tiempo, trazador de mundos.

Las sombras de la habitación de madera se generaron hacia arriba, y la luz en la punta del lápiz, la rueca de carbono, remarcó la semipenumbra en la pseudo-blanca celulosa. Dibujó dando golpes de kung fu a las caras pálidas del papel.

El otro quedo boquiabierto ante la destreza de las tomas. De a ratos perdió detalles por la velocidad sobrenatural del dibujante, pero aun así participó activamente de la contemplación del nacimiento de un vaticinio gráfico.

Silbó en el aire el envión que concretó la elipsis sobre el papel. Se descargaron furiosos picoteos y parecía espantar insectos invisibles para delinear horizontalidades. Así, por largo rato, la mano maestra guió a la herramienta y la herramienta al dibujante. Y el dibujante se cableó con el futuro y le arrancó unos cuantos signos.

-¿Qué va a pasar? ¡¿Qué va a pasar?!

No hubo respuesta a las preguntas. El dibujante cayó fulminado.

El otro no supo que hacer. Se le arrimó, le tomó el pulso en la muñeca de la mano que todavía aferraba al lápiz. No hubo calor, ni latidos.

Rato después, miró las hojas para ver lo que el dibujante había copiado del futuro… Y  de sus ojos perdió color, y de su pecho latidos…

FIN

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Cuento: “Última losa” (M.Chiaverano)

 

Cuento: "última losa" (M.Chiaverano)

Perseguir al gato no le fue fácil. Entre la lluvia que caía y las ganas de patinar que tenían las baldosas, el patio pantanoso, único camino hacia casa, presentaba un verdadero reto.

La pileta azul en forma de riñón se pudría en los costados, las enredaderas secaban al limonero que ni un diluvio como aquel podía salvar.

 Perseguir al gato la llevó a meterse entre la maleza que nunca habían cortado y adivinar dónde era seguro pisar.

 De un impulso felino cubrió la distancia hasta la primera baldosa de cemento. Cual torre sin cimientos, tambaleó en una ola de lodo. Casi se precipita con la precipitación, hacia el piso movedizo.

 Mientras ella hacía morisquetas por el camino de las baldosas, el gato gris miraba como un puma, sobre el tapial, detrás del limonero. A veces cerraba un ojo. Había en él menos complicidad que expectativa. Se relamió, y a pesar de que a los de su especie no les apetece empaparse, no movió ni un milímetro de su cuerpo. La observó venir.Cuento: "Última losa" de M.Chiaverano

 La gata saltó y saltó, cada vez más cerca del limonero, del tapial y del gato. Tomó aire e hizo alarde de su estructura elástica para aterrizar sobre la grande y última loseta.

 ¡Imaginen la expresión de ella al hundirse, junto con la piedra, en una especie de piletón de chocolate de tierra derretida. Inútiles le resultaron sus uñas, las dúctiles extremidades, los alaridos! El suelo se la comió.

 ¡Imaginen: no imaginarse al monstruo del piso!

 ¡Imaginen! la satisfecha expresión del gato, al saber que aquella noche tormentosa, el ser del barro no buscaría más víctimas…

Fin

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Cuento: “23” (veintitrés) (M.Chiaverano)

Cuento: “23” (veintitrés) (M.Chiaverano)

Un hombre corrió por el medio de la calle llevando un chico en brazos.

Su hijo moría mudo, incapacitado de “Hablar.Versión.2.67” y sin la última actualización de “Caminar 1.2 beta“.

 Primero caducaron sus recuerdos.  Se le desactualizó tanto la memoria que dejó de retener nombres familiares. Eso entristeció mucho al padre, porque así había empezado su mujer, unos años atrás. Todo era su culpa se decía; o eso era lo que querían que creyera.

 Padre vivía en una ciudad donde los teclados o cualquier otro medio físico de interacción habían sido dejados de usar. Los tenían adentro. Cuando elevaron los precios de las actualizaciones, padre no pudo costear las nuevas versiones. Vendió su “Hablar. Ver. 3” a un precio elevado. Aun así no llegó a pagar ni la mitad ¡y ni siquiera pudo decírselo a Santi! Ni cuentos para dormir, ni retos, ni halagos, ni mínimos consuelos de voz pudo darle.

 Frente a la Compañía, se perdió en el monstruoso número de programas de renovación. A su Santi le faltaban el total de veintitrés.

 Santi respiró agitado, su padre corrió a más no poder. Bajó por la avenida principal, hasta la plaza deforestada donde se erguía un expendedor de tamaño y forma “ovelística”. El hombre no se detuvo, esquivó unos pilares de luz, enfiló al expendedor. Ya no había tiempo. Sudó frío, estaba muy cansado de correr sin parar los tres kilómetros que separan pueblo “Pueblo” y ciudad “Capital”.

 Marchó ligero, pero fue tarde.

 Santi no llegó a cargar Espíritu 5.0. Siguió vivo, pero muerto.

 En lo alto del edificio abandonado por malos cimientos, un padre se formateó las venas con una chapita de diskette antiguo. Mientras caía, despidiendo chorros contra la gravedad, formando un cometa de sangre, recibió en su máquina cerebral un mensaje. El expendedor de plaza deforestada le comunicaba:

 UD. debe actualizarse. Actualizarse. Actualizarse.

 A metros de culminar su viaje hacia el fondo, se desdobló en carcajadas.

 

Fin 33.3

 Publicado por primera vez en la revista de fantasía y ciencia ficción “Axxón” Nº186

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