Chiaverano en el tomo #13 de la colección “Pelos de punta”

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“Come hombres” es el título del tomo #13 de la colección “Pelos de Punta”, una antología con trece historias vinculadas a partir de pequeños ítems. Se pueden encontrar historias fantásticas o completamente realistas donde los miedos son representados por elementos cotidianos y hasta internos. En éste tomo, junto a otras historias de primer nivel, se puede encontrar el cuento “Otoño en el panteón de los libros” de Max. Chiaverano.

“Come hombres” Es el tomo final y PelosDePunta se despide con escritores de primer nivel. Federico Jeanmaire, Gustavo Nielsen y muchos más en un libro de relatos encadenados. En un homenaje al atemporal Las mil y una noches, “Come Hombres” encierra un cuento dentro de otro al mejor estilo “caja china”. Locura, ambición, sexo, venganza y mucho pero mucho miedo en los 14 relatos de horror que no vas a poder dejar de leer. ¿Estás listo para el paso final?

 

Legado Hereje volumen 2 ¡en producción!

  La continuación de la saga “Legado Hereje”, que comenzó en el 2007 con “Anatema Carmesí” , ya se encuentra en plena producción. Posiblemente vea la luz este mismo año y en formato ebook. Más adelante conoceremos algunos aspectos de ésta nueva entrega…

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“Poe” -Cuento- M. Chiaverano

Cuento "Poe" de M.Chiaverano

Pequeño Homenaje al E.A. Poe

  Le aterró ver que aquella criatura se metía debajo de su cama. No la pudo parar. Lo asaltó una impasible e imparable sucesión de asociaciones que iban desde el nombre con el que había bautizado al gato, hasta los cuentos acerca de algún tatarabuelo moribundo acompañado por su mascota oculta bajo el catre desvencijado. Incluso recordó diálogos y personajes que sus familiares más longevos reproducían en noches de tormenta. Algo así como:

-¡Que se ha metido desde ayer, y no quiere salir! Pobre gatito, lo está cuidando al Edgardo -dijo la vieja. Lleva dos días ahí. Le ofrecí comida desde la cocina, pero no vino. Le lleve un platito con leche, pero no la tomó… es como si se quisiera morir con su amo…

 

-¡Sshh cruz diablo! no digas eso que atraés desgracias –dijo la hija.

 

-Si hasta podría decirse que el pobre animal lo está velando…

  La vieja enterró al moribundo un día después de haber dejado sin dormir a su hija con todas aquellas suposiciones.

  Y del gato, nunca más se supo nada. Fin de la historia.

  Era suficientemente inquietante para él aquel cuento de fieles celadores que maúllan, y le revolvía las tripas saber que un ser venerado por antiguas culturas, ancianas en sabiduría y atiborradas de enigmas sin resolver, estuviera oculto bajo su lecho.

-¡Poe! -le llamó por su nombre. Pero había pasado poco, demasiado poco para que se hubiera acostumbrado a un nombre humano.

-¡Poe! -insistió él.

  Con la tenue luz de una vieja lámpara de kerosene, una luciérnaga exigida en sus últimos minutos, vio entre sombras, otras sombras. En la habitación ahogaba el silencio y podía escuchar la respiración del felino. Alumbró entre el colchón deshilachado y el piso: dos ojos brillantes le devolvieron la mirada.

 -¡Poe! Salí o…-dijo, ya más alterado. ¿O qué? No quiso meterse bajo la cama, quién sabe cómo reaccionaría el gato acorralado. Tampoco quería asustarlo más, metiendo una escoba.

 “Necesito ganarme su confianza. Solito va a salir. Me acuesto y que salga cuando se le dé la gana.”    

   Sin más demora, dejó la lámpara sobre la cómoda y se fue a lavar los dientes. Al volver al dormitorio, el gato seguía ahí.

-Parece que te vas a quedar toda la noche ahí abajo. Como quieras…

  Dicho esto, se descambió, se metió entre las frazadas y estiró la mano para cerrar la válvula de la lámpara. Después de eso pasó un largo rato hasta que el sueño se lo llevó. En ese tiempo se perdió en recuerdos de historias de gatos nefastos.

  Poe esperó hasta que su captor estuviera bien dormido para salir. Con el sigilo propio de su especie, saltó a la cama. Era una pluma negra, un soplo de noche sobre la noche. Se acercó a la cabeza del hombre sin pisar ninguna parte de su cuerpo. Podía arrebatarle lo que quisiera, pero no. Sólo lo observó en silencio un largo tiempo y acto seguido alcanzó la ventana abierta con un mínimo impulso. Poe, con seis de sus vidas intactas, decidió que era innecesario sacarle el alma al durmiente.

  Poe era joven y aquella noche, fue justo.

FIN

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“Detrás de la lluvia” -Cuento- M.Chiaverano

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Detrás de él se abrió un postigo salvaje. Desde afuera, a través de la ventana violada, llegaron los aplausos. El agua cayó sobre la casa a latigazos. Explotó el cielo, atacaron los vientos con sonidos retorcidos. Parpadearon los nimbos oscuros que cubrían la ciudad. Se acercó el caos meteorológico. Mientras tanto, él intentaba escribir.

 El perro del vecino ladró. Lo hizo sistemáticamente, como para trepanarle los sesos con una tortura sónica chino-perruna.

¿A quién mierda le ladra ese hijo de perra, con este clima? –pensó.

 Ondularon hacia adentro las capas blancas de la ventana, lo invisible embistió para entrar. Una y otra vez, a ritmo sibilante, con insistente voluntad. Algo se movió detrás de la tormenta, detrás del ladrido. Algo silbante más duro que el aire, se arrastró. Él, lo escuchó y se cristalizó en el teclado. Su mirada le titiló al ritmo del cursor de la página en blanco del monitor. Sin darse vuelta, destapó su oído para superar los ruidos.  En el fondo sabía… sabía que algo venía con la lluvia. Algo cómplice de la muerte de la propia casa, algo atraído por la sequía de adentro.

Parpadeó la lámpara otra vez.

 Él pensó en las velas (de bajo costo y medianas) guardadas en la alacena. Se despegó del asiento para ir a buscarlas. Pero se detuvo a medio camino.

El perro dejó de ladrar.

El perro gimió.

El perro dejó de gemir.

 

 Él se acercó al hueco que lo separaba del patio. Corrió las cortinas de un manotazo. En ese momento se fue la luz.

 

FIN

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Cuento: “Mal Animal” (Parte 2) M.Chiaverano

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Pequeño Homenaje a J.R.R Tolkien

Leer la primera parte <–

Segunda parte

El niño volvió a la habitación de los padres. La vio nublada, manchada, y toda por triplicado. Acarició forzosamente cada mueble, cada rincón, quiso toparse con los ojos artificiales. Pero no tuvo suerte. Continuó perdido en su propia casa, náufrago de vista.

Atardeció más opaco de lo normal para aquellas tierras. Y con la noche llegaron los sonidos. Cada chasquido, sorprendió al infante Rohirrim. De a poco le dieron espasmos. Lloró y lloró y balbuceó. Mamá, mamá, ¿dónde, dónde, dónde estás? Recitó en voz baja oraciones a la mitad. De nada sirvió. Su madre había faltado mucho, demasiado tiempo como para que su fe enclenque pudiera sostener batallas imposibles contra aquél terror.

 Nadie va a venir, nadie va a venir – pensó.

  Tronó el cielo, y la torre de vajilla volvió a tintinear, un cuchillo mal puesto se desmoronó, cucharas desequilibradas alardearon de su existencia. Todo sonido cobró sentido aterrador para el pequeño amnésico escondido en el armario. Se quedó en silencio, a oscuras, frotándose la rodilla derecha. ¿Con qué me golpeé?

 Enredado en pieles de oso, clamó a sus dioses que le devolvieran la luz, o a su madre, o a ¿Pity?, o sus cristales para ver… pidió demasiado. Los suyos parecían ser dioses fofos, lentos, tontos o muertos.

 -Mamá. Mamá… – Invocó a la única pseudo divinidad que conocía, pero ésta tampoco respondió. Se encontró solo por primera vez, y se dio cuenta de que estaba perdido.

 Refugiado dentro del mueble, el niño rezó, lloró, gimió. Pensó. Empezó a retroceder despacio con su mente, buscó en la memoria los recuerdos perdidos. Intentó reconstruir más o menos algo… ¿Qué era lo último que recordaba del día de ayer? El patio. La primavera. El sol. Los pastos altos. El camino de piedras que lleva al fondo del patio y a la casillita de atrás, y a su…Pity. Pity…el nombre le trajo imágenes fluctuantes que se ennegrecieron enseguida, como todo lo demás. No eran visiones de pájaros ni frutas, sino sueños turbios y pesadillas de indomables contrastes. Se recordó a sí mismo ladrándole a su madre. Por fin, el rostro de ella se le manifestó en la memoria. ¿Una cara? Sí, una cara y un desastre terrible. Los griteríos de su madre, ella decía algo inentendible, irrecordable. ¿Reproches? Sí. La recordó enojada por algo que él había hecho… ¿O el culpable era Pity…? Se esforzó más, recordar era más fácil que enfrentar la realidad. Fue segundos antes de resignarse al olvido, que el ruido le sobresaltó. La puerta de la cocina explotó para adentro y el niño ya no pudo autoengañarse con el viento ni tapar soles con pulgares. Debajo del bramido tormentoso escuchó pezuñas. Filosas, y eran muchas y rasguñaban el mosaico buscando lo que el olfato ya había encontrado. El animal entró a la casa como espectro hambriento de aire, y de algo más.

 En su rompecabezas-mnemotécnico-infantil, la madre estaba enojada por algo, algo que él inocentemente había ocultado.

 Gritó la madre en la memoria de su hijo. Gritó porque ya era tarde para soluciones, porque, por haberla alimentado bien, la criatura había desarrollado sus instintos con tremenda celeridad, y crecido mucho… mucho

 “Muy lindo, muy tierno Pity, pero como ni mamá ni papá quieren mascotas dentro de la casa, vas a tener que dormir calladito en el granero” -le había dicho el niño al cachorrito, tiempo atrás, después de encontrarlo en el bosque.

 “Pobre cachorrito, estás perdido, tenés hambre, tenés sed…

 Pity se abrió camino a zarpazos en la madera, hacia el pequeño bocado. Todos los recuerdos reprimidos en el bocado, quedaron bruscamente relajados. El niño ya no intentó recordar. Aun así, muy lejos, en lo que todavía quedaba de memoria, gritó la madre. Gritó por el irremediable error de su hijo: confundir perros con 1Wargos.

 FIN

 1Wargos, huargos. La mayoría de las veces, con este término se hace referencia a los gigantescos lobos parlantes que Sauron crió como cabalgadura para los orcos.

Pity Abreviatura de Pitya (Quenya) Pequeño/a

(Ambos términos fueron extraídos del Diccionario Enciclopédico Tolkien, F.Schneidewind. Ed.Plaza&Janés editores – 2003)

 

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Cuento: “Mal Animal” M.Chiaverano

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Pequeño Homenaje a J.R.R Tolkien

Primera parte

Eran tiempos difíciles para la gente de la marca, los días amanecían cada vez más turbios y el humo de las almenas ya podía distinguirse en sueños. Pronto les caería encima la peor de las guerras, la más terrible de las calamidades. Hasta los padres de los padres de los niños se resignaron a desempolvar las espadas, a pertrecharse el alma. Decididos a no dejarse atropellar por la oscuridad, los seres de luz sobre la tierra media se prepararon para la guerra en el este.

 Como muchos, el padre del pequeño se fue en medio de la noche, a unirse con el resto de los éorlingas, quienes aguardaban impacientes por sumarse al ejército del oeste.

  En el cielo no había estrellas ni lunas, solo ceniza. Mientras los jinetes lidiaban con el miedo por la inminente batalla, la sombra llegó colándose a través de resquicios insospechados…

 El hijo del Rohirrim.

  El chico miope espió por la ventana del cuarto de sus padres. Vio al sol menguante de la tarde rodar bajo un cielo atiborrado de nubes púrpuras. No definió más que siluetas movedizas y nubladas de los matorrales. Buscó. Pero “eso” no estaba ahí. Sondeó afuera como si esperase que algún enorme “algo” surgiera de entre los pastizales.

-¡Pity!- gritó.

 Respondieron los insectos de media tarde, el viento enfermizo cargado de ceniza, las efervescencias sonoras del árbol del fondo,  la tarde nebulosa.

-Pity, ¡Contestame! – El niño llamó a su… no recordó qué.

 Ayudándose con el respaldo de la cama se puso de pie y redescubrió el dolor en la rodilla derecha. ¿Cómo me hice esto? Forcejeó con su memoria, le amenazó de muerte. Pero fue inútil.

-¡Pity!- volvió gritar desde la puerta. Llegó tambaleándose hasta la cocina. No había nada más que una pila equilibrada de artilugios culinarios. Platos, vasos, tazas y demás cubiertos sin lavar que se acomodaron bajo el influjo de la vibración del grito.

 Afuera se sacudió y crujió la hojarasca.

 Es nada más el viento, se dijo el pequeño.

 Silbó la puerta del patio.

Es nomás un viento pasando por el agujero, ahí donde la madera se pudrió

  Algún líquido goteó sobre los vasos, el tamborileo lo inquietó. Empezó a tener miedo.

 -¿Pity? ¿Mamá?

 -¿Pity?

  Repitió aquel nombre como si recitara una letanía, tan monótona que pronto empezó a perder el sentido. Pity debía de ser alguien importante… ausente,  tanto como sus padres.

 Si es que tengo padres… – Por alguna olvidada razón, el niño no se acordaba ni de él mismo. Gimió, lloró a su madre sin rostro.

 La vajilla le volvió a contestar, el viento se burló con ella. ¿Habría mañana alguna mano familiar para lavar esos trastos? Registró el resto de la casa tan despacio como su extrema carencia de visión se lo permitió. Ya no buscó a Pity ni a su madre, la cuasi ceguera le obligó a encontrar algo con forma de cuerpo, cualquier otro ser humano que lo sacara de la ciénaga de ojos desviados en la que se ahogaba. Sus manos no encontraron más que dureza. ¿Dónde estarán los cristales para ver que me dio el mago gris? ¿Por qué me dejaron solo?  Desempañó los vidrios de la puerta del patio, pero fue inútil ver a través de ellos. Otra vez, la sombra turbia del árbol del medio, el danzar de los pastos deformados, las carcajadas del viento entre los espinos…

Continúa: “Mal Animal, parte 2”

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Cuento: “El dibujante del pasado mañana” M.Chiaverano

cuento el dibujante

“Las parcas eran tres viejas sentadas en mecedoras, tejiendo y destejiendo el hilo de la vida, nosotros,  gatos de cola larga obsesionados con los ovillos… No tengo en este efímero instante una descripción mejor de la peor de nuestras estupideces: Creer en la bondad de los vaivenes, cuando pocos salen vivos o ninguno, de esta vida.”

-¿Qué leés ahí en las páginas blancas, hombre?

El dibujante no respondió. Le privó de la mediocre explicación léxica de su visión de futuros dibujos, de trazos en trastos, de quiebres sugerentes, del futuro gráfico del grafito. No le llevó a los densos lugares de su mente, donde veía sombras, ocultas en la blancura tenebrosa de lo no dibujado.

El otro lo siguió observando, a la espera de que algo pasara, que algo dijera, o hiciera, para que su vista apreciara maravillas, portentos, pronósticos.

Pero el dibujante, sólo por apenas un pequeño limbo, desvió la atención de las hojas y encendió un cigarro con forma de mecha de taladro, cuyo filtro no existía, cuyo aroma condensaba una niebla en derredor.

El otro, patético hasta al fin, cubierto de insalubre comezón, se atembloró con inquietud pidiéndole clemencia por tremenda ansiedad:

-¿Dónde están las palabras, los augurios, las profecías, los símb…?

Con un furtivo movimiento del brazo, el dibujante llegó demasiado rápido al vaso de agua sucia. Se la tomó de un solo trago y al volver a dejar el vaso sobre la mesa, el otro dio un respingo.

-No voy a escapar de las hojas. No puedo  –dijo el dibujante, sin levantar la vista, sin abandonar el equilibrio de su espalda curvada, sin respirar a destiempo y al unísono del tono de su voz, consumió la totalidad de la mecha. Y fue taladro. Y sería más herramientas después de un rato… barreno del tiempo, trazador de mundos.

Las sombras de la habitación de madera se generaron hacia arriba, y la luz en la punta del lápiz, la rueca de carbono, remarcó la semipenumbra en la pseudo-blanca celulosa. Dibujó dando golpes de kung fu a las caras pálidas del papel.

El otro quedo boquiabierto ante la destreza de las tomas. De a ratos perdió detalles por la velocidad sobrenatural del dibujante, pero aun así participó activamente de la contemplación del nacimiento de un vaticinio gráfico.

Silbó en el aire el envión que concretó la elipsis sobre el papel. Se descargaron furiosos picoteos y parecía espantar insectos invisibles para delinear horizontalidades. Así, por largo rato, la mano maestra guió a la herramienta y la herramienta al dibujante. Y el dibujante se cableó con el futuro y le arrancó unos cuantos signos.

-¿Qué va a pasar? ¡¿Qué va a pasar?!

No hubo respuesta a las preguntas. El dibujante cayó fulminado.

El otro no supo que hacer. Se le arrimó, le tomó el pulso en la muñeca de la mano que todavía aferraba al lápiz. No hubo calor, ni latidos.

Rato después, miró las hojas para ver lo que el dibujante había copiado del futuro… Y  de sus ojos perdió color, y de su pecho latidos…

FIN

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